El arte de leer (Didascalicon. De studio legendi)
HUGO DE SAN VÍCTOR
Traducción del latín y notas de José Manuel Villalaz
[Publicamos ahora un adelanto del libro El arte de leer, que en breve circulará editado por 17, Instituto de Estudios Críticos. Este libro es la primera reflexión en occidente sobre la lectura y es un texto clásico que nos permite pensar con perspectiva las transformaciones actuales del ejercicio de leer. Fue Iván Illich quien llamó nuestra atención a este texto –en su libro En el viñedo del texto. Etología de la lectura: un comentario al "Didascalicon" de Hugo de San Víctor– que no estaba disponible en español.]
P R E F A C I O
Muchos son aquéllos a los que la naturaleza misma los ha dotado de tan poco ingenio que difícilmente pueden comprender aun las cosas fáciles de entender. Éstos, según mi parecer, son de dos clases pues hay algunos que, aunque no ignoran su torpeza, de tal manera se esfuerzan y son tan persistentes en su propósito de adquirir el conocimiento, que lo que no logran como resultado del trabajo merecen obtenerlo por la fuerza de su voluntad; pero hay otros que por creer que no son capaces de comprender las realidades superiores, se desentienden también del conocimiento de las inferiores, y, como conformándose, se abandonan a su inactividad, con lo que tanto más se privan de la luz de la verdad en las cosas superiores cuanto más se resisten a entender las inferiores que sí están a su alcance. Por ello, el Salmista dice: “…renunció a ser sensato, a hacer el bien”1. Porque una cosa es no saber y otra, muy distinta, no querer saber; en efecto, no saber es una carencia, pero detestar el conocimiento es acto de voluntad perversa.
Pero hay otra clase de hombres a los que la naturaleza enriqueció con gran ingenio y les proporcionó un acceso expedito a la verdad. Sin embargo, además de poseer una agudeza de ingenio desigual, no todos están animados por la misma virtud ni por el mismo propósito de cultivar la capacidad natural mediante el ejercicio y la enseñanza. Ciertamente son numerosos los que dedicados más de lo que sería necesario a las ocupaciones y preocupaciones de este mundo, y entregados a los vicios y concupiscencias del cuerpo, esconden bajo tierra el talento dado por Dios,2 sin tratar de hacer que produzca el fruto de la sabiduría ni la ganancia de las buenas obras. Por ello, en verdad, son muy reprobables.
Asimismo, la carencia de los medios de sustento familiar y el escaso patrimonio disminuyen la capacidad de otros, pero de ninguna manera creemos que esto los pueda excusar del todo, ya que vemos a muchos que, aunque sufren de hambre, sed y desnudez, logran obtener el fruto del conocimiento. Así pues, una cosa es que no se pueda aprender o, mejor dicho, que no se pueda aprender fácilmente, y otra cosa que se pueda pero no se quiera hacerlo. Así como se es más digno de encomio cuando, aunque se carezca de los medios necesarios, se alcanza la sabiduría por la sola virtud del esfuerzo, así también se es ciertamente más digno de vituperio cuando el ingenio existe y abundan las comodidades, pero se abandona uno a la ociosidad.
Dos son las vías principales por las que alguien se acerca al conocimiento, a saber, la lectura y la meditación, de las cuales la lectura representa el primer paso en lo que se refiere a la enseñanza, y de ella se ocupa este libro al exponer los preceptos de la lectura. Para la lectura, los preceptos más necesarios son tres: el primero, que cada quien sepa lo que debe leer; el segundo, en qué orden debe leer, es decir, qué es lo que viene primero y qué es lo que sigue; y el tercero, cómo debe leer. De estos tres, tratado cada uno por separado, se ocupa este libro, pero su enseñanza instruye al lector tanto en los escritos profanos como en las escrituras divinas, por lo que se divide en dos partes y cada una de ellas tiene tres subdivisiones.
En la primera parte dedica su enseñanza al lector de las diversas artes; en la segunda, al lector de las letras divinas. Y lo hace de tal modo que primero indica lo que se debe leer; luego, qué orden debe seguirse; por último, cómo debe leerse. Pero para poder saber qué es lo que debe leerse, o lo que principalmente debe leerse, la primera parte comienza detallando el origen de todas las artes para enseguida describir su contenido y sus diversas partes, es decir, cómo cada una de ellas contiene otra o se contiene en otra, desmembrando la filosofía desde la primera hasta la última de sus partes. Luego enumera a los autores de las artes, y después muestra cuáles de estas artes deben ser estudiadas de manera preferente; luego explica también en qué orden y de qué manera deben estudiarse. Por último, presenta a los lectores la disciplina de su propia vida, y así concluye la primera parte.
En la segunda parte se establece cuáles escritos deben llamarse escrituras divinas, y luego se indica el número y orden de los libros divinos, quiénes son sus autores y cuáles los significados de los títulos. Después trata de algunas de las propiedades más importantes de la divina escritura; luego enseña de qué manera debe leer la Sagrada Escritura aquel que en ella busca el mejoramiento de sus costumbres y un modelo de vida; por último se dirige a aquel que la lee por amor al conocimiento, y así se termina también la segunda parte.
LIBRO PRIMERO
CAPÍTULO I
DEL ORIGEN DE LAS ARTES
De todas las cosas que se han de buscar, la primera es la sabiduría, en la que reside la forma del bien perfecto;3 la sabiduría ilumina al hombre para que se conozca a sí mismo, y para que sepa que fue semejante a todos los demás mientras no entendió que fue hecho en forma diferente a todos los demás. El alma inmortal, en efecto, iluminada por la sabiduría, puede ver cuál es su principio y reconoce cuán indigno es que alguien busque fuera de sí mismo cuando debiera darse por satisfecho con lo que él es en sí mismo. Se lee en la inscripción del trípode de Apolo: gnoti seauton,4 es decir, “conócete a ti mismo”, porque en verdad si el hombre no se olvidara de su origen, reconocería que nada es todo aquello que está sujeto a la mutabilidad.
Entre los filósofos es sentencia aceptada aquella que asegura que el alma está compuesta de todas las partes de la naturaleza. Y el Timeo de Platón dio forma a la entelequia5 a partir de la sustancia divisible, de la indivisible y de la mixta, y a partir de la naturaleza que es una misma y diversa y la mezcla de ambas, con lo que se designa la universalidad. La entelequia, en efecto, abarca los elementos iniciales y lo que de ellos resulta porque comprende por la inteligencia las causas invisibles de las cosas, y capta por los sentidos las formas visibles presentes; y “una vez dividida, concentra el movimiento en esferas gemelas”6, porque ya sea que a través de los sentidos se acerque a las cosas exteriores, ya sea que por medio de la inteligencia ascienda a las cosas invisibles, regresa a sí misma trayendo las semejanzas de las cosas.
Así es como la misma mente, que es capaz de contener todas las cosas por estar compuesta de toda sustancia y naturaleza, es apta para representar la imagen de la semejanza. El principio pitagórico, en efecto, expresaba que las cosas se aprehenden por medio de lo que les es semejante, de manera que si el alma racional no estuviera conformada por todas las cosas, de ninguna manera podría aprehenderlas todas, de acuerdo con lo que alguien dijo:
Aprehendemos la tierra por lo terreno, el fuego por las llamas,
La humedad por lo líquido, el aire por nuestro aliento.7
Pero no debemos juzgar que estos hombres, doctísimos en toda clase de asuntos, hubieran pensado que la esencia de suyo simple se extendiera fuera de sí misma en partes cuantitativas, sino que afirmaban, para demostrar más claramente su admirable capacidad, que estaba conformada por todas las naturalezas, pero no según la realidad de lo compuesto, sino según el concepto de la composición. Ni se debe pensar que esta semejanza con todas las cosas la tenga el alma desde otra parte, desde afuera, sino que más bien ella en sí y por sí misma la posee, como una capacidad innata y por virtud propia. Pues, como dice Varrón en el Periphysion,8 no toda variación de las cosas es recibida desde fuera, de modo que sea necesario que todo lo que sufre una variación, o bien pierda algo de lo que tenía, o bien reciba desde fuera algo diferente de lo que ya tenía. Así vemos cómo una pared puede recibir desde fuera la semejanza de cualquier cosa mediante la forma que se le imprime; sin embargo, cuando el acuñador imprime la figura en el metal, éste comienza a representar ya otra cosa pero no impuesta desde fuera, sino por virtud propia y disposición natural. Lo mismo ciertamente sucede con la mente de la que, por llevar impresa en sí misma la semejanza de todas las cosas, se dice que es todas las cosas y que recibe la composición de todas ellas, no porque la contenga de forma integral, sino virtual y potencial.
Tal es, pues, la dignidad de nuestra naturaleza, poseída por todos naturalmente de igual manera, pero no por todos reconocida de la misma forma, porque el espíritu, aletargado por las pasiones del cuerpo y arrancado fuera de sí mismo por las apariencias sensibles, se olvidó de lo que había sido y, puesto que no recuerda haber sido de otra forma, no cree poder ser distinto de lo que se ve. Sin embargo, la buena doctrina nos lleva a reconocer nuestra naturaleza y nos enseña a no buscar afuera lo que en nosotros mismos podemos encontrar. Por tanto, “el máximo alivio en la vida”9 consiste en la búsqueda de la sabiduría, y es feliz el que la encuentra y dichoso el que la posee.
1 Sal 36,4. El texto latino que sigue Hugo hace de los salmos 9 y 10 uno solo; de ahí la diferencia de una unidad en la numeración de Buttimer y de Taylor (Sal 35,4).
2 Cf. Mt 25,18.
3 El concepto y la expresión de esta oración inicial (incipit) y capital provienen de Boecio, De consolatione philosophiae, III, al final de la prosa 10: “Así pues, de todas las cosas que se han de buscar, la máxima y a la vez causa de las demás es el bien… Y con seguridad se debe concluir también que la sustancia de Dios se encuentra en el mismo bien”.
4 De las numerosas fuentes conocidas de este aforismo, la más antigua es Jenofonte (Memorabilia, IV, 2, 24-25), en donde Sócrates pregunta a Eutidemo si ha visto la inscripción a la entrada del templo de Delfos y añade: “¿Acaso te has puesto a pensar y tratado de saber quién eres?” ¡Conócete a ti mismo!
5 “Entelequia” es un término aristotélico, no platónico.
6 Adaptado de Boecio, De consolatione philosophiae, III, metro 9, vv. 15-17.
7 Calcidio, PLATO LATINUS, vol. IV, TIMAEUS a Calcidio translatus…The Warburg Institute, London, 1962, p. 100.11 y, con ligeras variantes, p. 231.20-21.
8 No se conoce ninguna obra de Varrón con este título.
9 “Cum in omnibus philosophiae disciplinis ediscendis…summum vitae positum solamen existimem…” Con estas palabras comienza la obra De syllogismo hipothetico, de Boecio (PL, LXIV, 831B).
Nota
La mirada invisible es la primera exposición colectiva internacional de fotógrafos ciegos. Reúne el trabajo de quince invidentes de Escocia, Eslovenia, Estados Unidos, Francia y México. Curada por el fotógrafo norteamericano Douglas McCulloh e inaugurada como Sight Unseen en el California Museum of Photography en mayo de 2009, la muestra ya ha tenido un fuerte impacto en la Unión Americana y más allá. Su gira mundial será prolongada.
No es casualidad que su itinerario internacional inicie en México: La mirada invisible hace eco de las exposiciones, eventos y publicaciones concretadas en el país hace más de diez años, promovidos con el Centro de la Imagen y otras instancias por Benjamín Mayer Foulkes. Así lo revela el ensayo presentado en seguida por McCulloh, quien alude generosamente a diversas ideas vertidas entonces sobre la importancia de la fotografía de ciegos.*
El inicio de la gira mexicana de La mirada invisible coincide con la entrega de un Doctorado Honoris Causa por 17, Instituto de Estudios Críticos al más célebre de los fotógrafos ciegos: Evgen Bavčar. La ocasión marca el comienzo de una amplia iniciativa para impulsar dispositivos de colaboración con ciegos en centros de formación visual, como escuelas de fotografía, cine, televisión, diseño, artes plásticas y demás.
Con afecto dedicamos el presente montaje de La mirada invisible a la memoria de nuestro amigo Gerardo Nigenda, fallecido sólo un mes antes de su inauguración, dejando tantos emprendimientos pendientes.
* Nos referimos en particular a la exposición El espejo de los sueños de Evgen Bavčar, Centro de la Imagen, 1999, que viajó ampliamente por el país, llegó incluso a Costa Rica, y cuya versión digital, en ZoneZero (www.zonezero.com), tuvo desde el inicio una amplia acogida. También al coloquio Vista, ceguera, invisibilidad, septiembre, 1999, Centro de la Imagen, México. Las reflexiones escritas se vertieron en la revista Luna Córnea, no. 17, enero-abril, 1999, México y en la revista Fractal, no. 15, año IV, vol. IV, octubre-diciembre 2000, México.
Ceguera que alumbra
Por Benjamín Mayer Foulkes
La mirada invisible demuestra que escribir con luz a ciegas no es actividad exclusiva de uno o dos ciegos, sobresalientes pero aislados. El listado internacional de fotógrafos invidentes sigue creciendo. La fotografía de ciegos es un campo cuya amplitud y diversidad ya se sugieren comparables a aquellas de la fotografía ordinaria. Además de los fotógrafos ciegos reunidos por La mirada invisible, registramos a Alex de Jong (Holanda), John Dugdale (E.U.A), Flo Fox (E.U.A.), Paco Grande (España), Toun Ishii (Japón), Tim O’Brien (E.U.A.), el grupo reunido en torno a blindphotographers.org y Eladio Reyes (Cuba). También hay un número significativo de ciegos que se han adentrado en la fotografía a través de proyectos como el llevado a cabo por Daniela Hornickova en el internado Jaroslav Jesek en Checoslovaquia ([1990] registrado en The Unseen, Dir. Miroslav Janek, 1998), Sound Shadows (E.U.A. 1992-1997) a cargo de Tony Deifell (registrado en Seeing Beyond Sight: Photographs by Blind Teenagers [2007]), Aborígenes (Argentina, 1998) conducido por Amancio Alem, el Primer taller de fotografía para ciegos (México, 2002) a cargo de Gerardo Nigenda, Blind with Camera (India, 2006) a cargo de Partho Bhowmick (del que derivó la Fundación Beyond Sight), The Blind Photographer (Israel, 2006) propuesto por Kfir Sivan e Iris Darel-Shinar, Los ojos del alma (República Dominicana, 2007) de María del Carmen Silva y Fernando Figheras, Ojos que sienten (México, 2007) de Gina Badenoch, Ver no es mirar (México, 2008) de Ricardo Guzmán y Creer para ver (Argentina, 2009) por Juan Alecsovich. (Censo actualizado por Joanne Trujillo).{/qluetip}
Fotografiar a ciegas
Por Douglas McCulloh
Traducción del inglés de Francisco Roberto Pérez
La mirada invisible presenta el trabajo de algunos de los más destacados fotógrafos ciegos del mundo. Es la primera exposición importante en un museo sobre un tema lleno de paradojas y revelaciones. La zona cero de la fotografía es el tema que aborda la exhibición.