Para satisfacción de los que han disparado con salvas
Alberto Villarreal Díaz
Hablando se da cuerda al desastre.
Yo, por ejemplo –si es que a mí se me puede tomar como ejemplo con la misma gratuidad con que la vida nos toma por sorpresa– nací cuando todas las cosas que podían ser, fueron, o serán admirables, ya se habían hecho; y se habían hecho de formas que fueron, son, y seguirán siendo admirables.
No queda más que dar cuerda al desastre.
Voy a intentar explicarme mejor.
No dije que voy a explicarme mejor, sólo que voy a intentar explicarme mejor. Recuerden esto cuando les venga la violencia del reclamo.
Lo intentaré sin ejemplos que ofendan su intelecto o su derecho a confundirse.
Confundirse es necesario para nosotros, los que siempre queremos entender, ser claros, lógicos.
Me siento en obligación de confundirlos, también de besarlos, pero eso no voy a hacerlo ahora.
No voy a hacerlo hasta que mi deseo de besarlos sea incontenible.
Pero voy a tratar de explicarme y de escoger bien los verbos que muestren mis incapacidades ante los demás. Ésa es la clave para evitar que alguien desee vernos muerto.
Y ahora ustedes son los demás.
Ustedes con sus ojitos confiadamente abiertos.
Esperando de mí todas esas cosas que yo no puedo darles.
Sí, me contradigo. También al caminar, por eso no lo hago, y cambio de opinión cada vez que creo que un error me lleva a otro.
Por eso prefiero dar ejemplos.
Los ejemplos son cosas fijas; hablar es cosa móvil y húmeda.
No puedo darles lo que esperan.
Ustedes esperan demasiado.
Aunque ninguno esperaba que yo diera ejemplos.
Si alguno esperaba que yo diera ejemplos, bostece con fuerza ahora. Yo podría ser el público de su bostezo, aunque a mí nunca me ha gustado, ni me gusta, ni me gustará sentir que soy parte de un público por la sencilla razón que no me gusta que me vean a los ojos. Porque los ojos hablan y hablando se da cuerda al desastre.
Como ustedes ahí, con sus ojos abiertos como dos focas marinas sacando la cabeza del hielo. Es decir, como una especie de animal desconfiado en la superficie pero rápido bajo el agua.
Todo lo que he dicho no ha tenido otra finalidad más que desviar su atención para que no vean mi nerviosismo, lo que soy yo.
Yo no tengo libros que quemar, por eso quemé a mis amigos.
Eran entrañables.
Entrañable es toda esa gente que no te molestaría que viviera dentro de ti. Malgastando su vida ordinaria entre tus recovecos, igual que otros lo hacen en sus casas o donde creen que nadie va a darse cuenta.
A ustedes no los conozco; por eso no puedo afirmar nada de ustedes. Aunque sienta que los quiero.
El que se pone delante del público lo quiere para algo, así como ustedes me quieren para algo.
Ni ustedes ni yo vamos a obtener lo que esperamos del otro.
Yo, que ustedes me quieran.
Ustedes, el sucio deseo de su corazón.
Pero eso lo discutimos luego.
Sólo porque lo siento no quiere decir que los quiera.
Estaba confesando que no me molestaría que mis amigos entrañables vivieran dentro de mí: leyendo el periódico, lavando trastes, viviendo vidas minúsculas e iguales como las de todos, dentro de mí.
Son de esos amigos frente a los que te has quejado, maldecido y maltratado tantas veces, que no se sorprenderán del mal estado de tus vísceras.
Del hígado flácido, del cáncer no diagnosticado.
Ellos y yo teníamos relaciones como tirar aceite sobre una autopista transitada.
Sí.
Deseos fraternales de ver patinar a otro contra el muro de contención.
Segundos antes de tratarlos como combustible, yo reconocía mi incapacidad, todos los modos de mi incapacidad, para ser donante de órganos sanos, y mentía con gramática impecable diciendo que el mundo se puede arreglar.
Me siento en obligación de sostener mentiras optimistas.
Soy servidor público del optimismo.
Un burócrata mal pagado, fanático del optimismo.
Por eso hablo ahora frente a ustedes.
Tratando de ser agradable.
Me gusta mentir diciendo que el mundo se puede arreglar.
Mis amigos y yo discutíamos sobre cambiar al mundo donando órganos sanos, aunque nadie estaba de acuerdo con el tamaño de los suyos.
Globos oculares caídos, intestinos abultados, panzas grandilocuentes.
Sólo uno, uno que tenía dentadura completa de porcelana y que se creía transparente como un vaso simple, estaba conforme con su situación de carnes fláccidas.
Yo tuve un breve pánico de que alguien, aparte de ellos, supiera las condiciones interiores de mis vísceras.
Que alguno les contara a ustedes lo que yo les había contado a ellos.
Por ese pequeño terror los quemé.
Al de dientes, sin peligro de caries, también.
El fuego es el fin correcto de toda biblioteca y esos tipos sabían demasiado.
De mí y de mis cuerdas vocales sobrextendidas.
De mis hábitos de hablar hasta pedirle la boca prestada a otros.
No soy una persona alta. No alcanzo muchas cosas.
Las personas altas deben jorobarse para escucharme hablar.
O permanecer sentadas.
Pero mi hábito de pirotécnica no tiene importancia.
Ni originalidad, ni entusiasmo.
Estoy aquí porque alguien se preocupa por ustedes.
Y pensó que hay algo que puedo aportarles.
Algo de superación personal.
Que les servirá para responder preguntas cortas surgidas en las horas de espera del transporte público o del cambio de luz en un semáforo. Preguntas como:
¿Por qué a mí?
¿Cuánto durará mi angustia?
¿Un burócrata imbécil habrá extraviado mis papeles?
O preguntas sencillas que se formulan en horarios laborables como:
Esa cosa de que mi vida es una mierda, ¿será algo personal de Dios contra mí?
Cambien la palabra Dios por otra que toleren mejor, o por otra que pueda conducirlos de la mano al desastre, o por cualquier otra que los motive a hablar hasta pedirle la boca prestada a otros.
Estamos en un país libre y cada quien puede decir y ver lo que quiera.
Cada quien puede dar cuerda a su desastre.
Yo, por ejemplo, pienso con ejemplos. Nunca he pensado, ni pensaré de otra manera. Nací en un tiempo donde todos ya saben lo que deben pensar sobre mí. Nadie se preocupa por mis cuerdas vocales, nadie cree que puedan hacerle daño.
Para quien no sepa qué son las cuerdas vocales les daré una imagen sencilla.
Una imagen es un ejemplo que se incendia.
Esta es la imagen:
Un gran campo.
Plano, húmedo, vertical.
Sobre él corren vías de tren.
No dos.
Catorce o veinte.
Sé que es imposible imaginar catorce cosas al mismo tiempo.
Así que imaginen cientos, es más fácil.
Sobre las vías:
Cajones de tren.
Los cajones viajan oxidados.
Llenos de muertos de hambre, paralíticos con frío y enfermos que se pudren. Insoportables en su olor.
El mal aliento del mundo.
Fealdad reincidente.
Las vías son las cuerdas vocales y los cajones de tren, palabras.
Esa es una imagen soportable.
Las otras, las insoportables, no voy a decirlas ante ustedes. Cuando las digo, siempre hay alguien que no lo resiste y se muere de un infarto sobre su butaca, y nadie se da cuenta hasta el momento final en que cuento algunos chistes y alguien se extraña de que ése de ahí está demasiado serio.
Con la imagen del tren comprendí todo eso del mal de las palabras.
De hablar con mal aliento. De destruirse por hablar.
De las palabras como marsupiales.
Es decir, bestias regularmente pequeñas que tienen una bolsa en la panza donde llevan una cría.
Si la cría no está muerta, se llama belleza.
Si está muerta, mal aliento.
Lo de la quema de amigos lo dije sólo para que vean que hablo con honestidad.
Ya sé que no aporta nada a esta conversación coja donde sólo yo hablo y ustedes me oyen como si dijera, fuera a decir, o hubiera dicho algo importante.
Pero eso no va a suceder.
La honestidad es hacer habitables las propias entrañas a los demás para lastimar a otros definitivamente.
Nadie quiere escuchar a otro ser honesto, nadie quiere que un simple adjetivo y un verbo nos haga lo poco que nos queda de vida miserable.
Pero es debido a un simple verbo, adjetivo o a un nombre propio que no es el nuestro, que todos llevamos vidas miserables.
Hablo mal, aunque no me preocupa, a ustedes tampoco. Con el tiempo irán acostumbrándose a mi forma de hablar y quizá podamos entendernos.
Vamos a entendernos.
No es amenaza, es prestidigitación de intuiciones.
Si esa frase no es clara, les digo que es la capacidad de predecir el futuro.
Me cuesta usar las palabras como marsupiales.
Supongo que es porque su hábitat está desapareciendo.
Ése Que Se Preocupa Por Ustedes dijo que no les quedaba mucho tiempo, que fuera breve y directo al punto de su interés.
Que les haría bien compartir sus emociones conmigo.
Ése Que Se Preocupa Por Ustedes cree que tengo algo que aportarles, que valdrá la pena que hayan venido hasta aquí. Yo insistí que no, que no creo ni creeré en dar ejemplos, que divago y me pongo de nervios frente al público y termino contando ejemplos personales. Pero soy alguien importante; la gente importante no puede decir que no, porque entonces se dice que somos huraños y soberbios. Así que acepté y estuve imaginando toda la noche sin dormir este encuentro con ustedes, cuáles eran las cosas importantes que debía decirles. Pero en la madrugada entré en pánico y llamé a Ése Que Se Preocupa Por Ustedes, y él me dijo: “sólo sé tú, estoy seguro de que te amarán”. Sólo sé tú. Por supuesto se equivocó.
Yo soy nadie, un puñado de palabras que dicen nada de nadie. El pasatiempo de un espíritu que no es el mío.
¿Ya voy explicándome mejor?
Si no, por lo menos deben saber que les habla alguien importante.
Soy una persona que tiene certezas en la vida.
Soy la persona sobre el planeta que tiene más certezas en la vida.
Tres.
Fuera de ellas, todo lo que la gente cree son especulaciones.
Falsificaciones y mal derivados de mis tres certezas.
Todo otro que presuma tenerlas miente, se abandona a sus mentiras con fe ciega y sucia.
Como intentar el triple mortal en el trapecio de un circo de pulgas.
Me atemoriza lo rápido que se ha pasado nuestro primer minuto juntos.
Certeza uno:
Con el tiempo, habrá tal cantidad de fantasmas, que siempre estaremos ocupando el mismo espacio que uno de ellos. Cuando nos movamos, nuestro cuerpo estará envuelto permanentemente dentro del cuerpo de un fantasma.
Su cuerpo es un tumor de aire.
Ir de la cocina al baño supondrá pasar por dentro del cuerpo de cientos de diferentes fantasmas. Dependiendo del tamaño de la casa, claro.
Un erotismo emocionante y promiscuo con el aire y sus derivados.
Viviremos recubiertos por muertos.
Gordos e insanos. Porque ser sano pudre rápido.
Un fantasma es un ángel cancerígeno.
Cada vez más muertos. Esa masa creciente que no puede irse a ningún lado y flota sobre este planeta, mientras nos da ideas a los que estamos vivos y nos mal aconseja. Ellos, apretujándose unos contra otros hasta que no haya espacio para un fantasma más y los vivos no podamos entrar en la muerte por falta de espacio. Ellos, quedándose sin lugar, hasta que no tengan más opción que empujarnos de regreso a la vida. Una desgracia. Tendremos que seguir vivos y, como seguiremos vivos, tenemos que seguir hablando, provocando el desastre.
Certeza dos:
No es bueno acercar demasiado a las mujeres al fuego, les quema algo que con el tiempo las vuelve tristes y meditabundas.
Supongo que es una capa de piel no visible a simple vista, o un tipo de nervio que les sale fuera, como enramada de árbol.
De eso no tengo seguridad, sólo de que no es bueno acercarlas demasiado.
Hay un experimento sencillo para comprobarlo sin dañarlas, pero requiere cierta habilidad pirotécnica y no voy a decírselos porque todos van a llegar a hacerlo a su casa y eso supondría una mayor tristeza en las mujeres del mundo.
Certeza tres:
La belleza existe y debemos huir de ella.
Como la única persona viva con tres certezas me invitan a eventos sociales importantes.
Una vez leí ante un auditorio lleno de gente, los resultados de una encuesta de las Naciones Unidas.
El Fondo Monetario Internacional quería saber cuántas personas han visto la belleza y siguen vivas.
Leí el resultado ante el público y ellos me aplaudieron.
Odio los aplausos.
Es una forma agradable y sonora de recordarnos que uno se está quedando solo otra vez.
Un ejemplo público del abandono.
Bueno, el resultado: Cuatro. Todos los demás están muertos.
Los otros treinta millones que dicen haberla visto, no tienen idea de lo que están hablando. Mienten y habría que matarlos por eso. Cazarlos una noche como a una plaga o a una peste. Dejar mucha sangre para escarmiento de los que tienen malsanas intenciones, o de los que nacerán con malsanas intenciones.
Treinta millones de malos alientos en el mundo.
Después de que me aplaudieron y me dejaron solo otra vez, me encontré en un elevador con capacidad para cuatro personas con un hombre de fe.
Una cruza de fealdad con falta de belleza.
Tenía una lengua demasiado grande.
Pero la usaba bien.
Sobre todo para decir:
“Nuestra alma es el mal aliento de Dios”.
Pueden cambiar la palabra Dios por otra que toleren mejor, o que pueda llevarlos de la mano al desastre.
Tengo que repetir esa línea.
Estamos en un país libre.
Y me lo exigen la policía y los bomberos.
Por si alguien entra en pánico o los términos le parecen inapropiados.
Nada de lo que he hecho o de lo que voy a hacer es inapropiado, excepto el número final donde muestro la belleza de forma cruda, poco cocida. Por supuesto hubo un soborno a los de salubridad. Una mentira piadosa, como la de la quema de amigos, que es una mentira soberbia. Es decir, poco piadosa.
El incendio de amigos.
Ahora me siento en obligación de explicarlo.
Antes no me interesaba, pero es que antes ustedes no me interesaban. Ahora comienzan a ser irresistibles. Estoy ante el nacimiento de la gran pasión de mi vida: ustedes.
Ustedes: una manualidad para mi espíritu. Cuando me sienta triste o acepte que el problema del mundo es que se habla y así se da cuerda al desastre, me consolaré pensando que ustedes existen, que no todo es tan malo si ustedes existen. O que sencillamente todos estamos demasiado aburridos para levantarnos y prenderle fuego al de al lado.
Lo siento. No está bien que un burócrata del optimismo diga estas palabras.
Pero todo este tiempo les he estado viendo las caras y eso me perturba.
Creo que me estoy enamorando de ustedes de una forma malsana que me llevará a la ruina cuando deje de verlos, los extrañe y acabe por idealizarlos.
Ustedes me perturban como una canción que a uno se le pega y que detesta. Como mis amigos.
Ellos no advirtieron el soplo de destrucción en mis hábitos, cosa que ustedes ya están haciendo.
Su esperanza es mucha. Esperan ver lo que ya saben que no van a ver.
Yo tengo un cuerpo flaco.
De tienda de campaña.
Como la letra “J” de la palabra ejemplo.
Sólo tengo una ventaja sobre mis amigos falsos y sobre ustedes que son reales:
Vi la belleza y sigo con vida.
Ninguno de ustedes es uno de los otros tres que aparece en el informe del Fondo Monetario Internacional.
Lo recordaría y ahora mismo lo borraba de este mundo.
Pero no había nadie de esta ciudad. Ni de las otras en las que están pensando los que son extranjeros.
Tengo ventajas y desventajas por haber visto la belleza.
La ventaja es un cheque del Fondo Monetario Internacional hasta que alguien pueda demostrar que tiene cuatro certezas.
La desventaja es que ser una de las cuatro personas que han visto la belleza me ha vuelto un acto de lo solitario.
Y los demás existen para arruinarle a uno la soledad.
De entender eso a prenderles fuego.
Hubo dos pellizcos a mi sistema nervioso.
Nuestro segundo minuto juntos se ha terminado. Para siempre.
Yo vi la belleza en los días en que era una cosa aislada.
Me divierten mis hábitos de cosa aislada.
Como matar animales pequeños.
Sintonizar la radio entre estaciones.
Donde se escucha el ssssshhhhhhh y el sssshhhhh.
Leí en una revista confiable que ése es el sonido de la atmósfera.
Entra por la antena y sale por la bocina.
Por supuesto que a nadie le parece romántico sentarse con uno a escuchar la atmósfera por la radio tomando café.
Pero ésa es mi idea del romanticismo.
Escuchar aire por la radio.
Cuando se me preguntó en una charla informal por qué había quemado a mis amigos falsos, contesté con una mentira lo más honestamente que pude:
Porque las cosas zurdas tenemos más probabilidad de morir que las diestras.
Tomen esa frase como la improvisación de un ejemplo.
Luego me preguntaron si tenía remordimientos.
Yo contesté que había visto la belleza hacía una semana y que no tenía por qué subsanar las ignorancias de un batracio. Al que le decía batracio llevaba una camisa con dibujos de las especies de delfines del mundo.
Luego le rompí las fosas nasales en el único acto violento de mi vida.
El batracio que me preguntaba era un rival.
Decía tener tres certezas y estar en busca de una cuarta.
Coincidíamos en las primeras dos, pero el batracio no creía en la belleza.
Su tercera certidumbre era sobre animales domésticos, de cómo destruían objetos queridos por sus dueños cada vez que se les regañaba o se les miraba orinar con frecuencia.
Después de mi ataque dejó de tener certezas.
Lo desfiguré cuanto pude, aunque no pude mucho.
Los demás están ahí para impedir que uno haga lo que tiene que hacer y eso nunca lo he aceptado ni lo aceptaré.
Él se dedica ahora a ser querido, él, ahora que es un monstruo desfigurado, se olvidó de encontrar la cuarta certeza.
Caminar a casa decorado por delfines ensangrentados te cambia la vida, espero.
Cabe una posibilidad, en vista de que no participan mucho, de que no dicen nada y que aún creen que tengo algo qué decirles y siguen esperando que se los diga.
Ése Que Se Preocupa Por Ustedes me dijo que tenían muchas dudas y que habían llenado los formatos de preguntas. Porque todo el mundo civilizado sabe que para hacerme una pregunta tiene que llenar un formato y pagarme un dólar por respuesta. Es parte de mi contrato con el Fondo Monetario Internacional.
Cabe una posibilidad.
Que se haya dado un equívoco sin importancia y ustedes no sean las personas ante las que el día de hoy debía hablar, provocando un pequeño desastre.
Que el espacio en el que estamos los confunda y ustedes crean que soy quien no soy. Que soy alguien que ha venido a hacerles pasar un buen rato, a entretenerlos. Que ustedes aplaudirán a cambio de esta nada que yo terminaré por darles.
Si es así, todo lo que he dicho ya habrá destruido la imagen de la persona que creen que soy y que, en realidad, no soy.
He provocado un desastre para otra persona que ni siquiera está presente.
Para salvar su reputación, haré un acto amable con ustedes:
Les daré un descanso. Se los daré como un ejemplo.
El descanso consistirá en hablar de otro tema.
Aquí va el descanso:
Hablaré del fantasma de los falsos amigos a los que quemé.
Eran muy unidos, así que en vez de formar cada uno su propio fantasma, decidieron compartir su vaporosidad, los gritos de vivos asustados.
Un fantasma colectivo, un fantasma que no tiene soledad. Son un público que aplaude al mismo ritmo desde la muerte.
Hacen actos repugnantes de exhibicionismo con sus poderes fantasmales, de mal gusto.
También en vida tuvieron mal gusto.
Hay cosas que no se evaporan con el cuerpo.
Como el mal aliento.
La incapacidad de ver la belleza.
Lo provinciano, lo imbécil, lo ignorante, la falta de sentido del humor o la incapacidad para pronunciar algunas letras al hablar.
Un fantasma que no puede pronunciar bien sus lamentos.
El mal gusto desencarnado.
Para los que tenían la duda y también para los que no la tenían ni la iban a tener si yo no se los decía:
No hay belleza después de la muerte.
Vida tampoco.
Esas dos respuestas fueron pagadas por Ése Que Se Interesa Por Ustedes. Yo debía insertarlas en medio del texto sin que se dieran cuenta.
Dije que cuando hablo, genero un pequeño desastre.
Ahora crearé uno sencillo. Un ejemplo, una torpeza de juguete, una catástrofe deshidratada.
Hablaré de los hábitos de mal gusto del fantasma de mis amigos, como quitarse una mano y ponerla en la defensa de un autobús, luego dejar que la mano vaya a darle toda la vuelta a la ciudad y que se impregne del dolor y el llanto de los viajantes. Cuando la mano regresa, ellos la huelen, la lamen, se la ponen de corazón, estómago o nariz.
Las ventajas de ser aire muerto.
Con ello descifran cosas estúpidas que sólo importan a los fantasmas.
Como si hay otros fantasmas en celo por la zona.
O si la belleza está cerca.
Por supuesto esta historia de amigos es una mentira, una ficción para distraerlos de mi nerviosismo, para no decirles lo que vine a decirles aunque no tenga importancia.
Como que vi la belleza y sigo con vida.
Juro que la vi.
Que no deseo verla de nuevo.
Era un monstruo.
Abriendo sus enormes células blancas con asombro.
Se reía poco.
Se movía como si no fuera a deshacerse nunca.
Exhalaba y el mundo se inhalaba lo que de ella salía.
Era toda desprecio y malos modales con mi fealdad.
Me obligó a hacer actos vergonzosos.
Hermosas humillaciones sólo por gusto propio.
Me hizo la infelicidad como otros hacen el amor o la traición.
Me hizo la miseria como otros hacen más habitantes para este mentiroso mundo, como otros libran de habitantes a este hermoso mundo.
Se aburrió de mí como de un domingo cualquiera.
Y me prendió fuego.
De mí no quedó nada.
Sólo estos pulmones que soplan aire mientras ustedes se engañan creyendo que les hablan.
Verla ablanda los deseos de supervivencia.
Acabé por hablar de más.
Debí comenzar por aquí. Confesando que iba a hablar de más.
Aunque haya dado ejemplos de menos.
Quizá Ése Que Se Preocupa Por Ustedes lo sabía y por eso me trajo.
Lo acuso de eso.
Y de otras inmoralidades que no diré en público.
No porque crea que ustedes son puros.
Sino para evitarles una lluvia de ideas que terminarán realizando y que destruirán sus ordenadas vidas. Porque todos tienen vidas bien ordenadas; si no, estarían ahora en la cárcel, criando hijos no deseados, aburriéndose con una pareja despreciable.
Perdón. Su vida no es el punto, aunque mi amor por ustedes crece. Si ahora alguien entrara para dañarlos o matarlos, yo los defendería con mi vida, aunque ninguno de ustedes sea un ejemplar memorable de belleza.
En favor Del Que Abusa De Preocuparse Por Ustedes, diré que no hubo engaños.
“Tú sólo habla con ellos hasta que tengas las confianza de pedirle la boca prestada a alguien”, me dijo feliz de tenerlos hoy aquí reunidos. Imaginen su felicidad. Ustedes, inocentemente reunidos, sin saber que se reunían porque él quería verlos reunidos, porque cuando no los ve se preocupa por ustedes hasta el insomnio y el llanto.
“Sólo da cuerda al desastre”, me dijo.
Tan sencillo y sin preocupaciones como si dijera:
Lava esos platos.
Sé bueno con el perro desvalido que te sigue en la calle.
“Tú sólo finge que no te asusta el monstruo de la película”.
Con esa metáfora se refiere a ustedes. Eso es un ejemplo de que abusa de preocuparse por ustedes.
“¿Qué puede atemorizar a quien tiene tres certezas?”.
Con esa frase me convenció de venir. Para demostrar que no puedo convencerlos de nada. Ni siquiera de que tengo certezas.
Hay un maldito afroneozelandés radicado en no sé qué barrio chino de esta ciudad que está a punto de tener cuatro.
Sus dos primeras certezas son iguales a las mías.
La tercera es que los niños, en especial los que son genios, motivan comportamientos violentos y reacciones inconscientes, como dejar que las medicinas del botiquín caduquen, y esperar a que el infante en cuestión tenga una gripe para dárselas.
La cuarta no la sabe nadie, excepto su tortuga Claire.
Así de gracioso se creé el idiota.
Para él, la belleza no es una certeza.
No aparece en la lista de los cuatro que la han visto del Fondo Monetario Internacional, pero habló mal de mí en el programa de televisión en horario estelar.
Dice que soy una tomada de pelo, de lengua o de dignidad.
Yo vi la belleza.
La vi salir de una caja de cerillos.
Sola y desprovista de compasión por nosotros.
Quería que le dijera algo importante.
Yo le dije:
En la infancia destruí un dinosaurio de plástico en un parque de diversiones.
Claro, dije una estupidez.
Pero ante la belleza todos somos unos idiotas.
Una cáscara de naranja fuera de temporada en una vitrina.
Sí.
Una baratija exhibida como si fuera valiosa.
Admiro la felicidad con la que los monos de circo comen sus cacahuates después de hacer el ridículo frente a otra especie animal.
Yo desearía ser un poco así.
Tomarme esta noche un poco así.
Tengan la certeza que ustedes serían la especie superior, con ese aire de superioridad con el que algunos me están mirando.
Mirándome como si yo fuera un insulto a sus inteligencias.
Sé quiénes son los aburridos, los miro desde aquí.
Pero no voy a prenderles fuego.
Me lo prohíben los bomberos.
Y busco no proveer de más infelicidad a las mujeres, mientras se les quema esa piel o ese órgano de árbol que les sale del cuerpo y que nadie sabe cómo es.
Al final prometo abrir una sesión de preguntas y respuestas, de ejemplos y contraejemplos, insultos y contrainsultos que ya pagó Ése Que Se Preocupa Por Ustedes.
Que está escondido entres ustedes. Pleno de satisfacción por estar rodeado de ustedes.
Jamás alguien o algo va a amarlos de esa manera.
Llénense de esta ignorancia de ser amados, porque eso es mejor que tener la certeza de ser amados.
Supongo que ya está claro que tengo muchas respuestas, pero que no quiero dárselas; que sé muchos ejemplos, pero que no voy a decírselos, por eso, cuando yo diga: “¿preguntas?”, todos se pondrán a pensar en alguna. Mirarán su reloj o se mirarán entre sí. Crearé con ello una distracción y podré salir corriendo. No hay otra forma de terminar con esto.
Supongo que más de uno ya habrá notado que puedo seguir dando cuerda al desastre por siempre, pero les aseguro que estoy pensando en cómo salir corriendo.
Es lo único en lo que he pensado desde que los vi.
Pero como ya les conté mi trampa, ahora cuando diga: “¿preguntas?”, nadie va a pensar en nada y van a mirarme fijamente para detectar el segundo en que voy a escapar.
Se supone que debía hablarles tres minutos.
Me he excedido.
El tiempo se pasa de otra manera cuando se está aterrado.
Es una palabra bella: excederse.
Ex, significa algo que fue y que ya no es.
Excedido.
Es decir algo que cedió pero que ya no lo hace.
Cuando yo deje este espacio.
Este espacio será un exyo.
Cuando ustedes salgan de este lugar.
Este lugar será un exustedes.
Poniendo el prefijo “ex” a las palabras uno se siente real.
Un poco más grueso.
Más duradero que las palabras.
Más cuerda vocal y menos aire.
Más vivo y menos fantasma.
Sin importar si se tiene mal aliento.
Eso Que Se Preocupa Por Ustedes me ha hecho una seña desde allá atrás.
Cruzó su dedo por su cuello como si fuera un cuchillo.
Eso es un buen ejemplo de lo que va a pasarme.
Eso significa que termine ahora.
Que haga que este espacio sea un exyo en forma breve.
Todos los lugares donde he estado son exyo.
Todos los lugares donde han estado son exustedes.
Eso Que Se Preocupa Por Ustedes hace el gesto de pasarse el dedo por el cuello como si fuera un cuchillo dos veces.
Tres.
Cuatro.
Esa Cosa Que Se Preocupa Por Ustedes no tiene certezas.
Pero sí tiene un Record Guinness.
Ahí nos conocimos.
En uno de esos eventos importantes a los que nos invitan.
Tiene el Record Guinness del que más veces se ha preocupado por ustedes, y a diferencia de mí, nadie quiere su puesto.
Él sólo me dijo:
“Ve ahí.
Cuéntales mentiras.
Un cuento de fantasmas.
Mentiras sobre mi Record Guinnes.
A la gente le gustan las personas que hacen más que ellos.
Los que viven su cotidianidad de forma menos aburrida que ellos.
Les gustan los que son entrañables.
Háblales tres o cuatro minutos.
Mientras yo los tengo a todos juntos y no tengo que preocuparme por ellos por tres o cuatro minutos.
De algo les servirá.”
Él no cree en la belleza.
Yo sí, incluso antes de conocerlos, y ahora siento que los amo desesperadamente y que debo confesarles que todo lo que he dicho antes son mentiras: lo de la quema de amigos, lo del batracio, todas esas minucias que van a olvidárseles porque creen que no son importantes.
En unos minutos tendré que soportar una muerte.
El mundo quedará hecho un exyo de forma permanente y ni siquiera va a saberlo.
Soy algo a punto de ser asesinado a la vista de todos.
Una víctima.
Y las víctimas pueden decir lo que quieran, ya se sabe.
Todas las víctimas son entrañables.
Todas las víctimas no pueden hablar.
Y han dejado de hablar porque ellas son el desastre.
Y no pueden ir a esconderse dentro de alguno de ustedes.
Las víctimas sólo queremos un lugar para escondernos dentro de otros.
Creo que nadie se tomó en serio que aquí mismo, frente a ustedes, voy a ser asesinado.
Miren bien cómo me matan.
No parpadeen.
Será rápido.
Un recurso burdo de teatro, aunque yo sea todo menos alguien que actúa y ustedes sean todo menos que un público: alguien que está a la expectativa, esperando ejemplos o algo que le resuelva las preguntas cortas que se hacen en horarios laborales. Algo, antes de que este espacio sea un exustedes definitivamente.
Nadie ha dicho nada.
Así se da cuerda al desastre.
Este desastre es más suyo que mío.
Esa Cosa Que Se Preocupa Por Ustedes va a matarme.
Y a barrerme, seguramente en carne despedazada.
He anunciado un crimen, y como de costumbre, nadie ha hecho nada.
Les he dicho que los amo y nadie va a hacer nada por salvar a esta carne que los ama.
Me han visto enamorarme de ustedes frente a sus ojos y nadie va a hacer nada.
Deberían sentirse responsables de eso.
Deberán sentirse culpables de hoy en adelante de eso.
Aquí no se ha dicho nada, aquí no ha pasado nada, salvo alguien que se enamora de ustedes de forma definitiva en un tiempo corto.
Aquí no pasará nada, salvo que voy a ser asesinado y ustedes no harán nada.
Cuando antes de dormir, ya solos, se arrepientan de lo ordenado de sus vidas, recuerden que dejaron morir a alguien que los amaba, de forma estúpida, ficticia, actuada si quieren, pero más real que la aburrida carne que suelta ronquidos calientes por la noche.
Les he dado mis certezas, pero ustedes siguen pensando que todo es mentira, ficción, divertimento.
Mi corazón es un exustedes.
Ustedes son un exyo.
Alguien en el público tiene mal aliento.
Debería ser tratado como combustible.
¿Alguien tiene un cerillo?
Eso Que Se Preocupa Por Ustedes está satisfecho de haberlos tenido juntos por tanto tiempo. Yo ya no soy necesario, y como todo lo innecesario, van a matarme.
Y las víctimas, todos nosotros, seguimos a la intemperie.
¿Alguien tiene un cerillo?
¿Alguien desea iniciar otro desastre?
Creo que mi ejemplo ha sido demasiado largo.
Creo que nuestro amor ha sido demasiado breve.
Insisto, yo que los amo, insisto.
¿Alguien tiene un cerillo?