El acuerdo como sede de la violencia. A propósito de la crítica de Hanna Arendt a la relación entre política y dominación en Max Weber
Javier Franzé
Departamento de Ciencia Política III, Universidad Complutense de Madrid.
I. Introducción y problema
¿Es pensable la política sin violencia? ¿La democracia elimina la violencia a través de la deliberación y el acuerdo? ¿Qué relevancia puede tener conocer la relación entre política y violencia? Estas preguntas guían la reflexión de este trabajo.
Para desandar estas interrogantes, se partirá del análisis de la crítica que Hanna Arendt formula a Max Weber acerca de la relación entre política y violencia. Arendt va a separar lo que Weber une: si para la autora de La condición humana la violencia es la negación de la política (y viceversa), para Weber la política se define por la violencia con que opera. Se trata de ver si la crítica de Arendt es consistente, si sus premisas se sostienen, especialmente dentro de su propia lógica conceptual.
El presupuesto de este trabajo es que la tradición del pensamiento político occidental ha tendido a disolver la violencia y la dominación presentes en la política en los fines de ésta. En efecto, la política ha sido pensada y presentada como una actividad dirigida a conseguir una sociedad reconciliada a través de logros como el bien común, el respeto de los derechos naturales individuales y/o la sociedad sin clases. Esos fines colocaron en segundo plano la tematización de la violencia y la dominación como factores, ya no de reproducción sino de construcción, de esa sociedad pretendidamente reconciliada.[1]
El código Da Vinci de Freud.La interpretación como crimen
Universidad de Pensilvania
Traducción de Gabriela Méndez Cota
Pese a las divergencias observadas entre Adorno, Blanchot y Ellison, existe un consenso académico respecto a la emergencia dentro de la modernidad de un nuevo paradigma hermenéutico, un paradigma en el que la crítica ocupa una posición crucial al menos desde Kant y los románticos alemanes. A esta visión ampliamente aceptada me gustaría añadir una salvedad: ser un crítico implica estar listo para convertirse en un criminal o, por lo menos, para involucrarse activamente con el crimen. La crítica y el crimen derivarían de una raíz común, ya que criticar refiere en última instancia a “juicio” y “distinción”, mientras que “crimen” invoca el grito en el origen de todas las acusaciones, el alarido en la calle. Tales raíces resaltan, en sus comienzos anafóricos comunes, una protesta similar, una indignación compartida. Esta tesis aparentemente paradójica deriva en parte de la crítica freudiana y en parte de una historiografía corregida del modernismo.
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Después del duelo por la revolución
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM.
Hay algo vivo y productivo en el concepto de revolución más allá de su sentido habitual de indicador de golpes de mano que modifican el orden existente a través del esquema jacobino de insurrección, derrocamiento y refundación. Propongo tres premisas para examinar ese remanente. Primero, podemos decir muchas cosas acerca de la revolución, pero todas ellas apuntan a una voluntad de interrumpir el orden existente o reestructurar el cosmos, lo cual significa que sigue siendo —como lo fue a lo largo de gran parte de la modernidad— una manera de describir formas radicales de la política. Segundo, podemos comenzar a percibir la fuerza performativa de la revolución antes y más allá del resplandor de la insurrección. Para ello debemos pensar la revolución menos como un sustantivo que como una acción de revolucionar. Y tercero, esta acción se ubica en el espacio entre el entusiasmo por una promesa de algo por venir y las representaciones que brindan figuras de ese por venir.