Otra mirada

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Por Evgen Bavčar
Traducción del francés de Una Pérez Ruiz

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En la perspectiva de las preguntas que plantea el problema de la visión, de la ceguera y de lo invisible, una respuesta demasiado personal podría resultar pretenciosa y poco convincente. Al reflexionar sobre estas preguntas vuelven a mi memoria las palabras de un amigo ciego que, siendo niño, me decía: “sabes, mi situación sería insoportable si no estuvieras tú y tantos otros iguales a mí”. En el gueto en el que vivíamos en aquella época, la solidaridad se imponía para cimentar la unidad de un grupo social etiquetado como “privado de la visión física”. Hoy, cuando vuelvo a esa reflexión, me parece cándida, pero al mismo tiempo mucho más verdadera de lo que su simple formulación deja ver.

 

 

Mi amigo sabía que no estamos solos, la primera prueba de ello era mi presencia como interlocutor y la de otros compañeros de clase y la existencia de muchos otros que sabíamos igualmente ciegos, según las estimaciones y clasificaciones estadísticas. Tal vez la frase “no estamos solos” designaba inconscientemente la presencia mucho más grande de personas que han compartido nuestra suerte y, tontamente, el destino de cualquier hijo de vecino.

 

Las figuras míticas salidas de nuestra cultura grecorromana, como el Cíclope, Edipo, Ulises, Tiresias, Argos, nos revelan la historia de la mirada en sus formas más primitivas. Así, el Cíclope, arquetipo de la visión instintiva más rudimentaria, provisto de un solo ojo, ve de manera unidimensional. Para él sigue existiendo una unidad paradisíaca del mundo, e incluso al escuchar la voz de Ulises, no puede liberarse de esa liga con el todo de la naturaleza para ver de otro modo. A eso se debe que en el momento de la castración simbólica, cuando Ulises lo priva de su único órgano de visión, sigue viendo monocularmente y cae en la trampa del gran astuto que conocía la diferencia entre forma y contenido, entre el nombre y la cosa. Para decirlo con mayor exactitud: para el Cíclope, Ulises y Nadie son uno, y como sus hermanos comprenden que no ha sido víctima de  Nadie, no acuden en su socorro. Su visión sigue siendo unidimensional y no puede oponerse a la percepción binocular de Ulises que ve, por decirlo de alguna manera, el nombre y la cosa en paralelo o separadamente, si eso sirve a sus planes estratégicos. Con Ulises aparece la mirada unida al saber: ve lo que sabe, no más. Es cierto que lo mismo sucede con el Cíclope, salvo que, al no saber mirar, no tiene un pensamiento diferenciado y debe, por consiguiente, mirar siempre la misma cosa, es decir, la unidad de la naturaleza, el uno e indivisible natural que lo arrastra en su final trágico.

 

En el desarrollo del “saber mirar” mítico, Ulises representa la mirada normal: la visión común, la visión natural, considerada perfecta. Luego de que Ulises gana la batalla contra el Cíclope, la mirada monocular es inadecuada cuando el ojo humano comienza a pensar lo que ve y a diferenciar el significante del significado, el objeto de su signo, la persona de su nombre. De suerte que ante el Cíclope, Ulises se sitúa al mismo nivel que el niño frente al espejo, frente al objeto que hará nacer en él la mirada diferenciada. No es casualidad que el ojo del Cíclope se represente en el arte como un espejo. En realidad, la figura de ese monstruo desgraciado nos devuelve a nuestra propia experiencia frente al espejo, que nos obliga a separar la imagen reflejada de su objeto real. Todos somos Cíclopes desgraciados, que habiendo olvidado nuestro destino trágico estamos seguros y convencidos de que la mirada binocular de Ulises es la única respuesta posible a la naturaleza. Eso significa que nuestra condición de humanos encuentra con Ulises la distancia que nos permite pensar el mundo sin recaer en la fatalidad mítica. El sacrificio de la mirada monocular del Cíclope es necesario para pagar el privilegio de no mirar la misma cosa todo el tiempo, sin escape y sin esperanza de ver por nosotros mismos. La mirada monocular es la de la fatalidad que es, a fin de cuentas, ciega: vuelve a sí misma, repitiéndose hasta el infinito, como los espejos.

 

En esa perspectiva, Ulises representa la mirada que se aparta del determinismo arcaico, que en el destino de Edipo tomará otra forma, la de la ceguera. El rey, que no reconoce a su madre, se vuelve ciego para poder mirar a la mujer, es decir, para poder sobrepasar el pecado original en el que cae sin saberlo. Es así como su respuesta a la Esfinge, “Es el hombre”, toma su pleno valor. Binocular perfecto, Edipo no sabía que no podía escapar de la fatalidad mítica más que cayendo en la toma de conciencia de su condición de hombre, y es ahí que comienza a prepararse el nacimiento del tercer ojo. Edipo, al haber perdido la vista –su visión doble–, ya no puede navegar entre el retorno a la fatalidad y la separación insostenible con un Ulises que se contenta con la diferenciación visual entre el nombre y la cosa. Privado de esa capacidad, Edipo se dirige hacia una tercera posibilidad: una visión que va más allá de toda mirada mítica y de la mirada diferenciada de Ulises, para dirigirse hacia lo invisible. Es quizá a los Ulises pagados de sí mismos, de su visión diferenciada, que se dirige la frase de Nikos Kazantzakis: “Qué lástima por nuestros ojos de barro, pues no pueden percibir lo invisible”. En Edipo se trata del sacrificio de ese barro con el fin de que lo invisible –otra forma de existencia– se transforme en objeto de su deseo. Privado de la visión binocular, encuentra un referente sintético en el tercer ojo que es el único que puede dirigirse hacia lo invisible. Desgraciadamente, el destino de Edipo es con frecuencia mal comprendido, pues los cristianos lo consideraban en ocasiones como “el monstruo griego”, sin admitir que representaba una parte de sí mismos. Es por esto que la tradición cristiana lo sustituyó con la figura de santa Lucía, que juega más en el plano imaginario y, con el acento iconográfico de la castración simbólica, trata de ocultar, al mismo tiempo que la castración real, la noción del pecado original. Tampoco podemos olvidar todas las grandes injusticias, los prejuicios y ultrajes que afectan a quienes, en la imaginación, toman la figura de Edipo, el grupo social etiquetado como “los ciegos”, pese a su tercer ojo.

 

La arqueología de la mirada nos muestra que esta nueva cualidad de la visión humana se expresa aún mejor en la mirada de Tiresias, arquetipo perfecto de la mirada desprendida de los fundamentos míticos. De alguna manera, Tiresias nos propone las miradas límite, las visiones que no aceptan jamás el mundo tal cual es, sino tal como podría ser. “Hay que defenderse de los persas tras muros de madera”, su interpretación de esta frase del oráculo no queda satisfecha con el significado contenido en el simple enunciado, sino que busca sobrepasar los sustantivos como “muros” y “madera” hasta crear la síntesis en un tercer término: “los barcos”. El resultado de su visión es así un proceso creador que la libera del determinismo contenido en las palabras “muros” y “madera”. Así pues, la mirada de Tiresias llega más lejos que la visión de los simples mortales que ven y, por lo tanto, toman el primer grado de la respuesta del oráculo: “Hay que defenderse tras muros de madera”. Podría añadirse a este proceso de las miradas que nos entregan los arquetipos míticos, la de Argos, que puede ver sin ser visto. Por supuesto, eso nos llevaría demasiado lejos en la arqueología de la visión. Sin embargo, es cierto que el mundo moderno, con sus innumerables cámaras, visibles e invisibles, sueña con el poder de Argos, mientras que a veces, en su ceguera generalizada, pierde la conciencia de poder ser visto. Poder mirar sin ser visto es el anhelo de un mundo policíaco que no se piensa a sí mismo, mas se cree absoluto en sus visiones aparentemente ilimitadas. En la época del todo visual, que comienza a hacernos olvidar la importancia del verbo y de la narración, estamos obligados a interrogarnos acerca de los fantasmas de Argos para no olvidar que, por perfecto que sea ese Argos que constituye la técnica de la óptica moderna, los ojos de barro, que no siempre pueden dirigirse hacia lo invisible, son su soporte real. Mientras más se extiende el mundo visible, más se amplía, en la misma lógica y la misma proporción, el de lo invisible. ¿De qué sirven todos los satélites de observación, Argos del espacio, si ya no sabemos mirar más allá de nuestra pequeña cotidianidad visible? Incluso los científicos más serios saben que la capacidad de nuestra visión es muy pequeña en relación con lo que las máquinas pueden aprehender de lo real. El astrofísico Peter von Ballmoos piensa que incluso los científicos que observan el cielo están en la posición de los ciegos, puesto que, del universo conocido, comparado con un piano de 53 octavas, no pueden ver con sus propios ojos más que una pobre octava. En este caso, quizá no hay que fiarse solamente de la mirada tecnológica de la ciencia, si nuestra lengua, nuestra representación interior, no son capaces de seguirla. Es mejor, como  reza un proverbio ruso, “creer en nuestros propios ojos, aunque bizqueen”.

 

En el campo de la ciencia moderna, no sería abusivo otorgarle mayor valor a nuestro tercer ojo, el de la representación interior, dirigido hacia lo invisible. Nuestro mundo moderno se ha vuelto evidente, pues en apariencia todo en él es transparente y reconocible. Las cámaras que nos escrutan desde el cielo, pero también las que están instaladas en nuestras moradas terrestres, son la expresión de un Argos tecnológico que ha vuelto sus innumerables ojos hacia el interior: hacia la autosatisfacción narcisista de la mirada puesta sobre uno mismo. Nos observamos, habiendo olvidado que esas miradas están ya manipuladas y no nos permiten vernos tal como somos realmente. Hablando de esto, podríamos evocar a la gente de la televisión que son vistos sin poder ver; pero sucede lo mismo con todos los demás: el hecho de ser visto sin poder mirar se está volviendo una práctica universalmente extendida. A veces pienso que mi compañero ciego, en la escuela primaria, estaba en lo cierto cuando afirmaba que no estamos solos. Verdaderamente, habría que definir de otro modo la ceguera en relación con el mundo de los que sí ven, que creen verlo todo pero que han olvidado que pasar por Edipo o Tiresias es nuestro destino compartido. Plotino decía: “Si los hombres no tuvieran algo de solares, no podrían percibir el sol”. Probablemente hemos olvidado esto, negando a nuestros propios ojos, que participan de la esencia de las estrellas, su derecho a los orígenes, su derecho a mirar hacia el infinito. Pese a ello, en cada época de la historia de los hombres ha existido un infinito, más allá del horizonte de nuestra mirada física. El infinito, como aspiración a ir más allá de lo visible, ha sido siempre la voluntad de ver las cosas exteriores también por nuestra interioridad y de dar así a nuestra mirada exterior la capacidad de sobrepasar las visiones más inmediatas. En la mirada humana actual se refleja la memoria de todos aquellos que, antes de nosotros, han querido mirar con sus propios ojos y que nos han legado el deber de continuar con su misión en las dimensiones temporales y los espacios del universo que nos son propios. Es por esto que debemos tomar en serio esta misión transmitida por tantas miradas que, pese a un débil soporte tecnológico, han descubierto nuevos mundos y realidades celestes inéditas. Eso significa también que no debemos contentarnos con el cielo estrellado que nos dan las cámaras que nos escrutan, sino que debemos siempre tratar de mirar con nuestros propios ojos, por frágiles que sean.

 

Los ciegos son quienes se niegan a ver únicamente a través de lo unidimensional de la mirada y quienes creen en la necesidad mítica del pasaje por la ceguera para acceder a una nueva visión del mundo. Yo no puedo imaginar una visión nueva que no tenga su origen en el punto ciego que da al ojo humano la posibilidad de distinguir entre la luz y las tinieblas. Aceptar la ceguera, es admitir el mundo de los objetos que manifiestan su materialidad mediante las sombras que les aseguran una realidad tangible, más allá de la transparencia absoluta del todo visible. No podemos convertirnos en rehenes de la luz huyendo de la fatalidad mítica que nos priva de la gozosa fusión con la naturaleza, para permitirnos tomar nuestras distancias y comprender el enigma de la Esfinge. Es por esto que yo nunca he querido considerar la ceguera únicamente sobre el plano individual, en el gueto de un grupo social al que pertenezco, siempre la he considerado más amplio de la experiencia universal. Para mí, los ciegos representan el único grupo que se atreve a ver al sol de frente. Como las antiguas víctimas propiciatorias inmoladas a los cultos solares aceptan el sacrificio con el fin de que otro sol se levante. Esos Narcisos sin espejo y esos pintores privados de imágenes nunca han constituido para mí una categoría aparte, en la que la historia occidental los habría colocado, sino que son enteramente humanos. Y con frecuencia me encuentro con arquetipos de la ceguera mientras vago por mis galerías interiores, donde a veces me acompañan invitados inesperados en mis miradas hacia lo invisible. Esas siluetas ya no me dan miedo como antes, cuando la decisión de otro, más que mi propia experiencia, hacía de mí un ciego. Si me defino como iconoclasta exterior e iconófilo interior es para intentar reconciliar los dos tipos de visión posibles y, sobre todo, para revalorar la mirada del tercer ojo. Pienso que, desde los griegos, ha sido olvidada y ocultada por los progresos de una visión que pretende verlo todo sin saber nada y sin representarse lo que ha visto. Al comunicarle al prójimo las imágenes de mis propios más allás, hago de mi fotografía una especie de diálogo que le asegura una existencia interactiva. Al fin y al cabo, me contento con los frágiles destellos que iluminan mis espejos interiores y le dan sentido a las imágenes de los sueños. Pues los sueños también necesitan ser iluminados de íconos a los cuales dirigir nuestras plegarias nocturnas. Por débiles que sean, las imágenes soñadas son siempre la expresión de otra naturaleza que, a la banal transparencia de lo cotidiano, oponen las frágiles visiones iluminadas desde el interior, es decir por ellas mismas. Es posible, mediante la misma lógica que hacía decir a Plotino que el ojo humano no podría percibir el sol si no tuviera en sí mismo algo de solar, afirmar que la luz del día que nos deslumbra no nos daría ninguna imagen si nuestro ojo no estuviera preparado para ello mediante los sueños nocturnos. Y si en ocasiones estamos obligados a observar el mundo con los ojos cerrados, es sobre todo para conservar el carácter frágil de los sueños que nos conducen a los espejos de lo invisible.

 

 

Referencia: Bavčar, Evgen, “Otra mirada”, en Diecisiete, año 1, número 1, 2011, pp. 17-23.

 

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