La función retórica de las categorías psicoanalíticas

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Ernesto Laclau

 

Se me ha pedido que escriba, como contribución a este volumen, algunas páginas especificando la génesis de mis categorías filosófico-políticas y su vinculación con el discurso psicoanalítico. No es enteramente fácil hacerlo por dos motivos. El primero es que, si bien la perspectiva psicoanalítica ha estado presente en mi obra desde un comienzo, ese comienzo estuvo dominado por una perspectiva teórico-política, no psicoanalítica, y la introducción de las nociones freudianas primero, y lacanianas más tarde, requirió un considerable esfuerzo de traducción intelectual entre discursos teóricos muy diferentes los unos de los otros. El segundo motivo es que las distintas decisiones intelectuales que configuraban mi enfoque, si bien pueden ser analíticamente diferenciadas, no han seguido un orden cronológico tan definido. Es por eso que, en lo que sigue, el lector debe ver una narración simplificada, dominada por los términos ad quem de un desarrollo, más que una sucesión cronológica exacta.

 

 

La sociedad de masas y la ambigüedad de las identidades populares

 

Todo comenzó en los años setenta y el primer referente de la reflexión fue un peronismo resurgido, que adquirió una creciente centralidad política a lo largo de la década. La división mayor en el campo de la izquierda argentina fue entre una izquierda liberal e internacionalista –lo que en la jerga de la época llamábamos “izquierda cipaya”- y una izquierda nacional-popular. Yo pertenecía a la segunda: para ser más preciso, pertenecía a la dirección del Partido Socialista de la Izquierda Nacional, liderado por Jorge Abelardo Ramos. Fue en esa coyuntura que empecé a echar las bases de mi reflexión política. La cuestión decisiva era la siguiente: en tanto marxistas, nos veíamos compelidos a realizar un análisis de clase de los movimientos populares, pero la naturaleza de estos –no sólo en Argentina sino también en América Latina en su conjunto- nos forzaba a ir más allá de una perspectiva estrechamente clasista. Y para adentrarse en ese “más allá” carecíamos de herramientas teóricas adecuadas.

Fue en esas circunstancias que inicié una serie de lecturas teóricas que me llevaron, lentamente, a elaborar lo que después sería denominado como perspectiva post-marxista. Fue importante, en ese aspecto, la lectura que hice de Althusser. Mientras que para la mayor parte de la althusserianos argentinos el texto decisivo fue Leer El Capital, que construía una armazón teórica fundada en la centralidad de nociones tales como “determinación en última instancia por la economía”, para mi lo fue Por Marx, que apuntaba a una visión considerablemente más matizada del modo en que esa última instancia operaba. La idea de que la contradicción es siempre sobredeterminada y que por consiguiente el análisis meramente clasista debe ser superado, nos vino como una revelación fulgurante. Era exactamente lo que estábamos buscando.

Pero la gran revelación de ese período fue la lectura de Gramsci. Allí se aportaba todo un nuevo arsenal de conceptos –bloque histórico, guerra de posición, liderazgo intelectual y moral y, sobre todo, hegemonía- a partir de los cuales una nueva reconceptualización de la política resultaba posible. Lo nacional-popular, que era la sustancia política en la que abrevamos en la experiencia militante cotidiana pasaba a ser representable en un nuevo tinglado teórico.

Esta nueva conceptualización me condujo a una también nueva conceptualización de la historia del marxismo, tal como aparece reflejada en los dos primeros capítulos de Hegemonía y Estrategia Socialista. La líneas teóricas internas que habían dividido a esa tradición aparecieron dibujadas de forma mucho más nítida. Esto me llevó a apartarme progresivamente del enfoque teórico-político de la Izquierda Nacional, y finalmente a abandonar el partido. El desacuerdo fundamental era el siguiente: el análisis clasista seguía siendo el principio de estructuración del análisis de Ramos. El argumento fundamental se concentraba en este punto: la revolución nacional en la Argentina se había iniciado bajo banderas burguesas anti-imperialistas con el peronismo, y esas limitaciones de clase habían conducido a su derrota (la caída de Perón en 1955); de lo que se trataba era de reiniciar ese proceso interrumpido, sobre la base de una nueva conducción proletaria. Es decir, que la secuencia clasista clásica del argumento (que era una reproducción de la teoría trotskista de la revolución permanente) se mantenía inalterada. La nueva perspectiva que yo intentaba desarrollar, que implicaba la formación de identidades populares más amplias que las clases, era incompatible con el mecanismo implícito en esa secuencia.

Todo lo que pasó en Argentina y en América Latina en los años subsiguientes contribuyó a alejarme progresivamente de la perspectiva clasista. Y, una vez en Europa, toda la onda del pensamiento y la acción política cuyo epicentro fueron las movilizaciones de 1968 tuvieron el mismo efecto.

¿En qué punto la perspectiva psicoanalítica estuvo presente en mi reflexión de esos años? En ese punto la presencia fue del pensamiento de Freud, todavía no de Lacan. Leí en esa época con cuidado los estudios sociales de Freud y me atrajeron especialmente aquellos contenidos en su gran libro Psicología de las masas y análisis del yo. Se ha escrito mucho sobre este trabajo, pero mi lectura fue un tanto distinta de la habitual. La lectura estándar ha puesto énfasis en el carácter alienante de la identificación de la masa con el líder. De seguirse esa lectura literalmente, todo populismo debería concebirse en términos negativos, como alienación radical del ego respecto al ego ideal. De allí sólo hay un corto trecho a una concepción de las identificaciones populares en términos de subordinación y manipulación. Mi lectura de Freud fue diferente. En el capítulo II de su libro Freud habla de una gradación interna en la estructuración del yo, y concibe la distancia entre el yo y el yo ideal no como absoluta sino como relativa, en el sentido de que la relación de identificación puede tener lugar no solamente entre los yos, sino también entre los yos y el yo ideal. Es decir, que el padre puede ser no necesariamente el déspota narcisista sino también uno de los hermanos. Esto abre el camino a una visión más democrática de la relación líder/masa, y a la posibilidad de una diversificación entre distintos tipos y situaciones de populismo, que he explorado sistemáticamente en La razón populista.

Hacia una teoría del vínculo social

 

Si trato ahora de decir algo acerca de mi enfoque maduro, elaborado en el período que va desde 1975 hasta el presente, debo decir que él se funda en una serie de opciones teóricas que, si tuviera que caracterizar de algún modo diría que son epokhés, en el sentido husserliano, en tanto ellas implican que ciertos presupuestos analíticos del sentido común son puestos en cuestión y, a partir de esta puesta en cuestión, nuevas posibilidades conceptuales requieren ser exploradas. Cada una de estas “epokhés” implica un nuevo contacto con la reflexión psicoanalítica.

1• El pasaje del grupo a la demanda. Una primera decisión a ser tomada es que el grupo no es la unidad mental del análisis social, sino que el grupo se estructura a través de la articulación de una pluralidad de demandas. ¿Por qué demandas? Porque cada identidad social no se constituye como parte de un todo armonioso en el que no habría distancia entre realidad óntica y función ontológica sino que esta última representa el rebasamiento de aquella realidad por un investimiento exterior a ella. Si el todo social fuera una estructuración armoniosa de diferencias, habría una yuxtaposición exacta entre el orden óntico y el órden ontológico –como ocurre, por ejemplo, en la dialéctica hegeliana. Si por el contrario, esta exacta yuxtaposición entre los órdenes óntico y ontológico es inalcanzable, nos enfrentamos a un desajuste constitutivo: ninguna identidad óntica tiene en sí misma el principio de su propia identidad o legitimidad. Ambas deben ser proyectadas sobre ella a través de un investimiento externo. Este investimiento es lo que llamamos hegemonía: el proceso a través del cual cierta particularidad pasa a ser el nombre de una universalidad que la rebasa. Hay demanda y no identidad porque esta última, para constituirse, requiere que una fuerza exterior a sí misma la transforme en el significante de algo que la trasciende.

Pensemos, primero, en un ejemplo político. La demanda de un grupo particular, en un contexto represivo, puede pasar a ser el símbolo de muchas otras demandas insatisfechas; en esa medida, su función ontológica pasa a ser más amplia que el contenido óntico específico de esa demanda. Pero como contrapartida, las otras demandas sólo adquieren su carácter de tales a través de su inscripción en el discurso de la demanda que fue investida con una función ontológica fundante. Las demandas de solidaridad en Polonia, por ejemplo, pasaron a ser los símbolos de un arco de demandas mucho más amplio que lo que ellas originalmente habían expresado). El carácter de demanda de una identidad procede, en última instancia, del desajuste estructural entre una identidad óntica fallida y una inscripción (“equivalencial”, en nuestra terminología) que, a la vez que consolida su carácter de simple demanda, la dota de la precaria identidad que ella puede alcanzar.

Vemos aquí todo un área de efectos que son pensables desde una perspectiva psicoanalítica. Porque esta distancia entre demanda e identidad que acabamos de apuntar es la que está a la base del desnivel (unevennes) entre los elementos psíquicos que constituye el meollo de la teoría freudiana de las formaciones del inconsciente. Desde mi juventud me fascinó el capítulo sexto de La interpretación de los sueños, referente al trabajo del sueño, ya que en este trabajo –condensación y desplazamiento- encontré una prefiguración exacta de las lógicas que yo intentaba establecer como polos de constitución de lo político: la equivalencia y la diferencia. No se trataba, desde luego, de aplicar categorías psicoanalíticas al análisis de lo social, sino de ver si lógicas que estaban autónomamente en el análisis de la estructuración de los espacios socio-políticos, no habían sido también abiertas por la teoría psicoanalítica, de modo tal que, a través de un enfoque comparativo, se pudiera llegar a la determinación de un nivel más primario en la constitución de la objetividad en cuanto tal.

2• El pasaje a la primacía de lo discursivo. La historia intelectual del siglo XX comenzó con tres soluciones de inmediatez, de acceso no mediado a las cosas mismas. Ellas fueron el referente, el fenómeno y el signo, y dieron lugar a las tres grandes tradiciones intelectuales que fueron la filosofía analítica, la fenomenología y el estructuralismo. La historia de estas tres tradiciones ha sido, sin embargo, remarcablemente similar: en un punto la ilusión de acceso a lo inmediato se rompe y es necesario pasar a afirmar la prioridad ontológica de alguna u otra forma de mediación discursiva. Esto es lo que ocurre en el segundo Wittgenstein –el de las investigaciones filosóficas; en la analítica existencial de Heidegger y en la crítica posestructuralista del signo. Todo esto presupone una retracción (una segunda epokhé) de los objetos, al horizonte que posibilita su constitución.

Lo que es interesante precisar es que la misma transición tuvo lugar en el campo de la discursividad marxista. Si pensamos en la transición que tiene lugar del marxismo clásico a Gramsci, advertimos que se trata de una transición de un campo de objetos que encuentran en sí mismos la lógica de su constitución, a una situación en la cual lógicas hegemónicas relacionales pasan a ser el horizonte insoslayable y necesario de la emergencia de aquellos objetos –clases, fuerzas productivas, relaciones de producción- que habían constituido el punto de partida de la reflexión marxista. A partir de este momento la fase discursiva de la articulación política pasa a ser constitutiva y fundante.

Se trata por tanto de establecer las lógicas discursivas que entran en la determinación de la objetividad. La hegemonía presupone que un cierto significante o fuerza social logre transformarse en la expresión de algo más amplio que sí mismo: es decir, que pase a ser el punto de convergencia de una multiplicidad de otras demandas sociales. O sea, que es el punto de un sobreinvestimiento. Y este sobreinvestimiento no es otro que la categoría psicoanalítica de sobredeterminación. La lógica política de la hegemonía y la lógica sobredeterminante del inconciente son, en realidad una y la misma. Y ambas suponen el campo discursivo como su terreno de constitución.

Significantes vacíos y objeto a

 

Hasta este punto nos hemos referido primariamente a la teoría freudiana, en tanto que las categoría lacanianas han estado ausentes. La situación cambia, sin embargo, radicalmente cuando consideramos la estructuración interna de la operación hegemónica.

Debo referirme en este punto a mi ensayo ‘¿Por qué los significantes vacíos son importantes para la política?’, originariamente publicado en inglés en mi libro Emancipation(s), traducido al español como Emancipación y diferencia. Resumo aquí la tesis central de este ensayo. Toda estructura significativa, dada la naturaleza esencialmente diferencia de sus elementos componentes, sólo se realiza plenamente en una totalidad cerrada. Este cierre, sin embargo, es inalcanzable. Un cierre implica el trazado de límites, y los límites, para constituirse como tales, requieren la visión de lo que está más allá de esos límites. Pero, siendo la estructura significativa el conjunto de todas las diferencias no puede haber ‘más allá’. Esta paradoja sólo puede resolverse si el ‘más allá’ es concebido no como una diferencia más, sino bajo la forma de una exclusión: el campo de las diferencias sólo lograría constituirse como totalidad sobre la base de excluir un elemento que pasara a funcionar como el ‘otro’ de la totalidad en cuestión. Esta solución a la cuestión de la totalización es lograda, sin embargo, al precio de hacer emerger otra paradoja, ya que, en referencia al elemento excluido, aquellos elementos que constituyen el campo de la totalidad significativa no entrarían entre sí tan sólo en una relación diferencial sino también equivalencial –y la equivalencia es, precisamente, aquello que subvierte la diferencia-. Por tanto, la misma lógica exclusionaria que hace la dimensión diferencial posible, la hace también, en la última instancia, imposible. Y esta segunda paradoja es, lógicamente, irresoluble.

La consecuencia es que la totalización es necesaria –ya que sin ella no habría significación- pero es también imposible. Esta doble condición de necesidad e imposibilidad se resuelve a través de una representación deformada: la totalidad imposible sólo puede ser representada si un elemento particular, sin dejar de ser particular, asume una función universal. Esta peculiar combinación de particularidad y universalidad es aquella en que la operación hegemónica consiste. A esto hay que añadir que todo significante hegemónico es tendencialmente vacío, ya que, para representar a la totalidad de los elementos significativos en una cadena equivalencial, su relación en tanto significante con el significado particular inicial a él asociado tiene que hacerse necesariamente más laxa.

Ahora bien, todo este argumento lo elaboré en la primera mitad de los años noventa sin particular referencia a la teoría psicoanalítica. Fue sólo más tarde que empecé a percibir que había puntos de total convergencia entre mis categorías teórico-políticas y desarrollos centrales de la teoría lacaniana. En esto tuvo una importancia crucial el seminario de posgrado sobre ‘Psicoanálisis, retórica y política’, que organicé durante varios años en la Universidad de Buffalo, conjuntamente con mi colega, la gran teórica lacaniana, Joan Copjec. En el contexto de nuestras presentaciones en ese seminario, empecé a percibir que entre la lógica hegemónica, como yo intentaba definirla y la lógica del objeto a en Lacan, había mucho más que homologías superficiales: se trataba, en efecto, de la misma lógica, pensada en un caso desde el ángulo de la política y, en el otro, del psicoanálisis. En La razón populista he explicado el modo en que concibo esta convergencia.

El razonamiento de Copjec es largo y complejo, pero en lo que se refiere al punto que al momento tratamos puede resumirse en una afirmación precisa: tanto en los close ups como en el rol del pecho en la relación diádica madre/hijo, tenemos un objeto parcial en el que esa parcialidad funciona, sin embargo como el nombre de la totalidad. Copjec afirma: ‘El objeto parcial u objeto de la falta es el que surge a partir de la falta, del vacío, originado por la pérdida del Plenum o dasDing original. En lugar de la satisfacción mítica derivada de ser uno con la Cosa maternal, el sujeto experimenta ahora una satisfacción en este objeto parcial… La elevación del objeto externo de la pulsión –sigamos con el ejemplo de la leche- al estatus de pecho (esto es al estatus de un objeto capaz de satisfacer algo más que la boca o el estómago) no depende de su valor cultural o social con relación con otros objetos. Su “valor de pecho” excedente, digamos, depende solamente de la elección que de él haga la pulsión como un objeto de satisfacción’[1]

Es en esta articulación entre parcialidad y totalidad donde encuentro el terreno de convergencia entre la teoría lacaniana y la teoría de la hegemonía. En tal respecto lo mejor que puedo hacer es citar el modo en que, en La razón populista, he presentado esta convergencia: ‘La totalidad mítica, la díada madre/hijo, corresponde a la plenitud no alcanzada, evocada –como su opuesto- por las dislocaciones ocasionadas por las demandas insatisfechas. La aspiración a esa plenitud o totalidad, sin embargo no desaparece totalmente, sino que es transferida a objetos parciales que son los objetos de las pulsiones. En términos políticos, esto es exactamente lo que hemos llamado una relación hegemónica: una cierta particularidad que asume el rol de una universalidad imposible. Es porque el carácter parcial de estos objetos no es el resultado de una narrativa particular, sino que es inherente a la propia estructura de la significación, que el objeto a de Lacan constituye el elemento clave de una ontología social. El todo va a ser siempre encarnado por una parte. En términos de nuestro análisis: no existe ninguna universalidad que no sea una universalidad hegemónica.’ (Pág. 147). Dado que mi interés se concentraba primordialmente en la estructuración de la operación hegemónica he debido dar prioridad al objeto simbólico sobre el objeto imaginario, lo cual no significa, desde luego, negar la significación de este último.

El componente retórico

 

Debemos, finalmente, referirnos al componente retórico de nuestra ecuación. ¿Cómo es que él interviene? Partamos, nuevamente, de la estructura de la significación. Toda estructura significativa se organiza en torno a dos ejes, el paradigmático (que Saussure llamara asociativo) y el sintagmático. El sintagmático es el eje de las combinaciones, y es aquel en el que el estructuralismo clásico hizo particular hincapié. Está sometido a estrictas reglas sintácticas. En el eje paradigmático las cosas ocurren de modo distinto: las reglas de sustitución entre elemento de una cadena significante están sometidas a asociaciones que ninguna sintaxis puede controlar. Y estas asociaciones están dominadas por principios de analogía que operan tanto al nivel del significado como del significante. Es aquí que el trabajo del inconsciente opera libremente y que la dimensión psicoanalítica se revela como inherente al proceso de la significación. En el caso del ‘hombre de las ratas’, al que me he referido en varias ocasiones, este trabajo del inconsciente se muestra de modo particularmente nítido. Ciertas asociaciones operan al nivel del significado –como aquellas que ligan a las ratas al sexo- pero otras operan al nivel del significante, como aquellas que a través de analogías verbales –ratt y ratten- o ratt y spielratten- conectan el término ‘rat’ con el dinero o con el juego. Aquí la presencia de la instancia retórica se hace patente: ya sea a través de la analogía –metáfora- o a través de la contigüidad –metonimia- las dos operaciones constitutivas del trabajo del inconsciente –condensación y desplazamiento- se revelan como constituyentes retóricos del proceso mismo de la significación.

Pero también de la política. Hay política porque este juego asociativo –que en lingüística llamamos paradigmático en oposición a sintagmático, y en retórica metafórico en oposición a metonímico- no puede ser sometido a ningún principio último de regulación sintáctica. Hay así una dicotomía última que no es reconducible a ningún fundamento unificado que pudiera dar cuenta de ella. Al nivel lingüístico es la dicotomía entre sintagmas y paradigmas; al nivel retórico, es aquella entre metonimia y metáfora; al nivel psicoanalítico, entre desplazamiento y condensación; al nivel político, finalmente entre diferencia y equivalencia.

 

 



Notas

[1] J. Copjec, 2003. Imagine there’s no woman. Ethic and Sublimation, Cambridge, MIT Press, p.60

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