Las vacaciones del señor Tati y el safari africano de João: ver el mundo a través del turismo de trasplantes
Nancy Scheper-Hughes
Traducción de Jaime Soler Frost
Las comedias de bofetadas y bufonadas de Jacques Tati, incluyendo su obra maestra: Las vacaciones del señor Hulot, se encuentran entre mis películas favoritas de la infancia, junto con las de Charles Chaplin y las Three Tons of Fun. Cuando conocí a un señor Tati real, recuperándose en el hospital Hadassah en Jerusalén de una experiencia casi mortal durante un tour ‘vacacional’ de trasplante ilegal y temerario en Adana, Turquía, supe que algún día escribiría un ensayo titulado Las vacaciones del señor Tati. No fue fácil localizar al verdadero señor Tati en el noveno piso del hospital, pues el personal de enfermería hizo todo lo posible por desorientarme, así que me sentí como pelota de ping-pong yendo de arriba abajo, de un lado al otro, de un piso al siguiente, hasta que decidí ponerme firme y tomar acción, bailando por la sala del hospital y cantando a pleno pulmón: ¡Mr. Tati – Oh – Mr. Tati!, hasta que se corrió la cortina de una cama metálica y una pequeña figura hecha ovillo, me dispensó la más dulce de las sonrisas, iniciándose así una relación cálida y prolongada, si bien intermitente.
En decenas de artículos y capítulos de libros publicados previamente he descrito extensamente los aspectos criminales del tráfico global de personas, de sus órganos y tejidos trasplantables. He hecho públicas las cicatrices dejadas no sólo en los cuerpos arruinados de vendedores desilusionados, sino también en el paisaje geo-político, donde el comercio ilícito de trasplantes ha echado raíces. En un esfuerzo por atraer la atención de los profesionales médicos, los periodistas, las organizaciones de derechos humanos, las agencias reguladoras y los funcionarios gubernamentales, en ocasiones he utilizado un lenguaje fuerte, incluso escandaloso. He descrito la intermediación de órganos como “neo-canibalismo”, “bio-terrorismo”, profanación de cuerpos y como tráfico de personas. Me he referido a los cirujanos involucrados en estos planes de tours de trasplantes como renegados, forajidos y “buitres”; a los agentes internacionales como “mafia de órganos” y a sus cómplices locales como “cazadores de riñones”. Los compradores de riñones no salieron mejor parados en mis descripciones. Fueron descritos como discapacitados éticos, al no pensar dos veces antes de echar mano de los cuerpos de los moldavos económicamente arrasados o de los habitantes de las favelas brasileñas como si se tratara de verdaderos cadáveres y no de pseudo-cadáveres. En lo que respecta a los vendedores de riñones, he presentado resmas de datos obtenidos en una década de viajes (sí, el antropólogo también es parte de estas nuevas migraciones médicas) a los sitios de intermediación y venta de riñones en distintos países mostrando cómo las “víctimas” son reducidas médica, económica, social y existencialmente por su “enganche” en el comercio global de órganos.
La verdad, no me equivoqué al hacerlo así. El turismo de trasplantes, un término que inventé en 1999 para facilitar entrevistas más íntimas, así como la observación de los participantes con/de las partes involucradas en el comercio de órganos, es un eufemismo para tráfico de trasplantes, una industria criminal multimillonaria global, implicada en la transferencia de riñones y mitades de hígados frescos de “vendedores” pobres y desesperados a pacientes seria, si no es que mortalmente enfermos, y relativamente acomodados y móviles. Los implicados en lo más alto de los planes de tours de trasplantes no son buenas personas. He conocido, entrevistado, fotografiado y videograbado a docenas de agentes de trasplantes de alto nivel, quienes gustan de llamarse a sí mismos “coordinadores internacionales de trasplantes”, tanto dentro como fuera de cárceles y prisiones. Algunos agentes de riñones son hombres de negocios corruptos que rivalizan con Bernard Madoff en su indiferencia socio-patológica hacia el bienestar de aquellos pacientes y cirujanos, al igual que los vendedores de riñones, que quedan atrapados en el plan. Con frecuencia, la exploración previa y las pruebas de compatibilidad de sangre y tejidos prometidas a los pacientes que “se inscriben” al plan fueron inexistentes, como ilustra el trágico caso del riñón envenenado de Moshe Tati.
De la cohorte de hambrientos consumidores y desnutridos afro-brasileños traficados 7200 kilómetros de las favelas de Recife a un gran hospital privado en Durban, varios fueron regresados a Brasil como bienes dañados al encontrar durante el examen que sólo contaban con un riñón operable o que ellos mismos estaban mortalmente enfermos con algún padecimiento contraído previamente y no diagnosticado.[1] El plan israelí de tráfico de riñones trasnacional, en el que me centraré aquí, funcionó basado en el principio de libre mercado no sólo de: ¡que se cuiden los compradores! —caveat emptor—, sino también ¡que se cuiden los vendedores! Entre los agentes-cirujanos en la cima de los círculos locales dentro de una red criminal mayor, se encuentran jugadores como el doctor Yusuf Sonmez, la conexión turca dentro del plan israelí, quien presumió en una reunión regional sobre transplantes celebrada en Ucrania en septiembre de 2008 de haber realizado 2200 transplantes de riñón ilegales a partir de vendedores apenas compatibles y de haber salido con resultados “en su mayoría positivos”, calculados en términos de una tasa de supervivencia de entre uno y cinco años de los riñones recién trasplantados. Cuando se le preguntó sobre las tasas de supervivencia de los vendedores de riñones, Sonmez respondió molesto: “Ésa no es mi responsabilidad.”[2]
Traficar con los traficantes
Lo que los periodistas llaman benevolentemente “turismo de trasplantes” implica mucho más que adultos comprometidos en intercambios corporales íntimos y trasplantes por la puerta de atrás, acordados de manera privada. Cada trasplante ilícito involucra una red criminal extensa y muy organizada de intermediarios bien ubicados con acceso a destacados cirujanos de trasplantes, excelentes hospitales públicos y privados, laboratorios, cuentas bancarias en paraísos fiscales, protección policial y, en ocasiones, incluso la aprobación tácita o el beneplácito de funcionarios gubernamentales. Sin embargo, éste es un juego peligroso y los jugadores de alto riesgo en la “mafia de trasplantes” global, quienes se creen invencibles y por encima de la ley, pueden verse de pronto empujados contra la pared y con las muñecas esposadas. A algunos cirujanos los han sacado de los quirófanos y a sus pacientes, turistas de trasplantes, se los han llevado en camilla desde las unidades privadas ilícitas de trasplante, a hospitales públicos cercanos.
En Estambul, el doctor Sonmez y su por muchos años socio israelí,, el doctor Zaki Shapira, fueron arrestados durante una balacera en el hospital privado de Sonmez en Yesih Behar, cuando la policía y los enojados parientes de un donador turco de riñón, quienes irrumpieron en el hospital para rescatarlo, intercambiaron disparos. En Durban, Sudáfrica, el detonador final que aguijoneó a la lenta policía a actuar en una clínica privada Netcare en el hospital St. Augustine, fue la loca fuga por la puerta trasera de la clínica, del donador designado para un turista de trasplante israelí. La mayor parte de los llamados donadores son brasileños y moldavos traficados, e inmigrantes rusos. En este caso el donador, también israelí, cambió de parecer y llamó por celular a su mujer para encontrarse en el aeropuerto internacional. Tontamente, el agente local de la red israelí en Durban, Sushan Meir, llamó a la policía denunciando que un hombre estaba huyendo de Sudáfrica con 20 mil dólares robados del hospital St. Augustine.
A partir de 2003, en parte gracias a algunas de mis actividades profesionales “transfronterizas” con policías y fiscales internacionales, las acciones policiales han afectado, al menos temporalmente, a los traficantes de trasplantes en Brasil, Sudáfrica, Israel, Turquía, la India y en fechas más recientes en Kosovo. Varios participantes clave en el extenso plan de tráfico de trasplantes que describiré enseguida, se encuentran hoy en prisión cumpliendo largas condenas por crimen organizado y tráfico, bajo la recién ratificada Convención de Palermo de Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Trasnacional y el Tráfico de Personas. Otros apenas han sido puestos en libertad. Otros más esperan juicio en Durban, Sudáfrica, incluyendo a algunos bien conocidos cirujanos de trasplantes que han sido acusados de “asalto físico con intención de causar graves lesiones corporales [a los vendedores traficados]”, además de los cargos por fraude, crimen organizado y por infringir el decreto sudafricano sobre tejidos humanos de 1983. Sería la última persona en sugerir que el tráfico de trasplantes es un crimen internacional sin víctimas o que puede ser controlado mejor por medio de su regulación que con su prohibición y procesamiento judicial. No creo que éste sea el caso, por razones que deberán volverse obvias a lo largo de este capítulo.
Pero para el propósito de este proyecto de migraciones médicas, quiero complicar el panorama escribiendo contra mis principios y escribiendo contra mí misma con un espíritu rabelaisiano y penetrar en las ambiguas “zonas grises” entre tráfico y turismo, entre placer y peligro, entre vitalidad y decadencia, para poder reconocer las motivaciones humanas más allá de la necesidad desesperada, el aullido del lobo hambriento a la puerta, y la despreciable avaricia de los agentes de órganos y sus cirujanos clandestinos renegados. En vez de esto, tomaré el “turismo de trasplantes” en serio, es decir, como otra forma, aunque extrema, de viajar y ver mundo, como una aventura médica-recreativa al límite, como un deporte corporal extremo si es que puede llamarse así.
El turismo de trasplantes encarna todos los elementos que asociamos con la globalización neoliberal: flexibilidad, movilidad, intercambio, sujetos autónomos, ciudadanos médicos y biológicos del mundo buscando activamente transacciones de transplantes a través de enormes distancias que con frecuencia involucran a tres países, o más. No sólo los cuerpos individuales sino comunidades enteras: los infames villorrios infantiles de la India y las desgraciadas “aldeas de medios hombres” de Moldavia central, las estigmatizadas barriadas de Manila y Jardim São Paulo, la “favela de los mutilados”, en Recife, han sido puestos al servicio del turismo de trasplantes. Ni este tipo de “turismo”, ni mis propios viajes siguiendo sus actividades comerciales por una docena de países hubieran sido posibles hace unas pocas décadas, cuando los viajes aéreos eran todavía prohibitivamente caros para los trabajadores migrantes y cuando el proyecto etnográfico era similar a construir un barco dentro de una botella: contenido, inmóvil, centrado y obsesivamente local.[3] Hoy, bajo las relaciones sociales políticas y económicas que hemos acordado llamar globalización, la finalidad, seguridad y serenidad de un lugar, la sensación inminente de “terruño”, el “aquí estoy”, la localidad de vidas vividas en hogares contenidos y más o menos protegidos defensivamente, no existe más. No hay ningún aquí, aquí cuando el mundo entero es “allí, allí”.
La gente busca viajar “allí”, allá afuera, como los migrantes vendedores de riñones de Recife se refieren a los sitios desconocidos del mundo exterior, y los antropólogos viajan con ellos o tras ellos tomando rápidos apuntes de campo de un sitio en el camino al siguiente, dentro de los dispersos pluri-sitios del plan global israelí. El etnógrafo, quien alguna vez registraba obsesivo-compulsivamente imponderabilia culturales, ha sido globalizado y sufre de manera permanente el desfase horario y déficit de atención. En mi propio “celo” por exponer e interrumpir el tráfico de órganos humanos, me he convertido en una “viajera loca” y podría decirse que en traficante, comerciando en la economía política de las emociones y sentimientos humanitarios. Una buena cantidad de vendedores de riñón hoy ganan lo suficiente para vivir alzándose la camisa ante el periodista o el antropólogo que paguen por ello, como pudiera ser el caso, para mostrar su herida como prueba de su viaje o para incitar la curiosidad de sus interlocutores trotamundos. Pronto me negué a este strip-tease de mis informantes para probar su membresía a otra clase de Club Med. No obstante, un periodista brasileño tituló un capítulo de un libro sobre mi trabajo en Organs Watch como “Caçadora de rims”, la cazadora de riñones, ubicándome de lleno en los mismos campos semánticos y morales de la gente que pretendía encontrar.
El surgimiento del turismo de trasplantes
se busca: “Donador de riñón: saludable, varón 25 a 40 años, no fumador, tipo sanguíneo O positivo. El donador será adecuadamente recompensado. Debe estar dispuesto a viajar. Responder a: Apartado Postal 202”, Makor Rishon (periódico israelí), Jerusalén.
en venta: “Eu, Manuel da Silva, 38 anos; trabalhador rural, pai de três meninos doentes, disposto a vender em qualquer lugar, qualquer órgão do qual tenha dois e cuja remoção não cause minha morte imediata”, Diário de Pernambuco, Recife.
A medida que la capacidad de realizar trasplantes se difundió por el mundo, las peticiones y deseos de trasplantes se multiplicaron en la misma medida. En algunas áreas como Japón, los países del Golfo Pérsico e Israel, donde las reservas culturales respecto a manipular un cuerpo o a diagnosticar una muerte cerebral dificultan tanto la recolección de órganos de donantes muertos, los trasplantes, si llegaban a darse, venían de amorosos parientes en el mismo país o de desconocidos pagados en cualquier otra parte. Esa “cualquier otra parte” resultó ser allí donde la gente pobre, endeudada, en dificultades o deseando ser “rey por un día” podía ser convencida de separarse de un órgano “extra”. Un doctor nigeriano-británico preguntaba retóricamente sin el menor asomo de sarcasmo: “¿Podría Dios haber sabiamente provisto una copiosa reserva de cuatro mil millones de riñones ‘ociosos’ en el mundo en desarrollo como una forma de redistribuir éticamente la riqueza global?”
El “turismo de trasplantes” organizado, comenzó en el Medio Oriente en los años setenta cuando los pacientes árabes de los países del Golfo comenzaron a viajar al extranjero por los trasplantes que no podían obtener en casa. Viajaron a la India a comprar riñones en el bazar de órganos de Bombay, hasta que regresaron a casa infectados con hepatitis y, más tarde, con vih. Entonces, se dirigieron a los hospitales privados en las Filipinas atendidos por cirujanos entrenados en Estados Unidos para obtener riñones frescos y saludables, sometidos a revisión y "garantizados", de donadores pagados. Quienes necesitaban corazones, hígados y otros órganos menos divisibles fueron a China, donde había un abundante abasto de órganos en los días en los que se llevaban a cabo ejecuciones múltiples. En China y en las Filipinas, los saudíes y kuwaitíes se encontraron con los japoneses y con pequeños grupos de turistas de trasplantes de Canadá, Europa y Estados Unidos.
Antes de la primera guerra del Golfo, Irak, bajo la protección de Saddam Hussein, proporcionó a los turistas de trasplantes de los países vecinos, excepto Israel, un paquete económico por 10 mil dólares que incluía cirugía, transportación aérea, hotel y un riñón fresco de algún trabajador huésped, por lo común refugiados palestinos de Jordania, o de algún miembro de las minorías étnicas iraquíes. Los pacientes renales israelíes observaban el éxodo médico de turistas de trasplante árabes-israelíes y palestinos hacia Bagdad, mientras permanecían atados a las máquinas de diálisis y se sentían cada vez más inquietos, entonces exigieron los mismos derechos de acceso a trasplantes seguros y asequibles con donadores vivos pagados en el exterior.
Un cirujano emprendedor del hospital Bellinson, el doctor Zaki Shapira, comenzó a reclutar vendedores de riñones de Gaza y Cisjordania para atender a sus pacientes de trasplantes. Cuando Shapira, fue expuesto y criticado públicamente por la prensa israelí por utilizar a los trabajadores diurnos palestinos en Tel Aviv y Jerusalén para proveer de riñones frescos a los cuerpos israelíes, comenzó a llevar a sus pacientes de trasplantes al exterior con la ayuda de agentes de trasplantes con experiencia en el programa del seguro médico nacional israelí (fondos del seguro de enfermedad) que reembolsaba a los pacientes israelíes obligados a viajar al exterior para obtener tratamientos novedosos o muy especializados que no podían conseguir en Israel. Turquía fue el primer puesto de avanzada para los pacientes de Shapira en los años noventa. Shapira unió sus fuerzas con las de un cirujano judío turco, educado en Francia, llamado Yusuf Sonmez y, juntos, ayudados por agentes en Turquía e Israel, trasplantaron cientos de riñones de turcos pobres a pacientes israelíes y más tarde utilizaron vendedores de riñones traficados de Moldavia y Rumania.
El negocio se expandió a tal punto que los cirujanos dejaron los aspectos organizativos en manos de sus agentes: Coby Dylan e Ilan Perry, quienes a la larga montaron una extensa red global móvil de sitios del tercer mundo donde localizaban a muchos vendedores de riñón, que enviaban a lugares de trasplante en países del primer o el segundo mundos, donde una red de hospitales, cirujanos, enfermeros y personal técnico estaba preparado para recibir turistas de trasplante de Israel o pacientes judíos de cualquier otro lugar del mundo, siempre y cuando tuvieran algún lazo sanguíneo con el Estado de Israel. No hay otra forma de expresar esto: el plan de trasplantes fue concebido para los pacientes de trasplante judíos del mundo, pero no era sectario en lo que se refiere a los vendedores de riñones. Existía una preferencia por cirujanos confiables pertenecientes a una red global judía de hospitales “conocidos” y “de confianza” o históricamente de filiación judía en Europa, Rusia, Chechenia, Rumania, Brasil, Colombia, las Filipinas y Estados Unidos. Cirujanos y nefrólogos israelíes, así como un enfermero-psicólogo, acompañaban a los tours de trasplante israelíes para atender a los pacientes con ataques de ansiedad antes de la cirugía y evitar así deserciones de último minuto...
Menos atención se prestó al bienestar de los vendedores de riñones, reclutados en un principio en Turquía, hasta que causaron problemas políticos, y entonces agentes locales obtuvieron a los vendedores en docenas de pueblos campesinos de Moldavia y Rumania, donde las economías locales habían colapsado tras la fractura de la Unión Soviética. Si los vendedores de riñón se arrepentían en la víspera de las operaciones, no era el psicólogo israelí quien los visitaba sino un fornido matón, quien empuñando una pistola les advertía que si deseaban ver de nuevo su hogar y a su familia, más les valía subirse a la mesa de operaciones. De lo contrario, su cuerpo podría ser hallado “flotando en algún punto del Bósforo”.
Mi relato comienza con los pacientes de trasplante varados en busca de órganos frescos y una nueva vida en climas distantes, quienes se perciben como turistas médicos, pero también como tomadores de riesgos y quebrantadores de reglas que se niegan a un lento suicidio con las máquinas de diálisis en casa. Entonces, me muevo rápidamente al otro lado de la ecuación: a los vendedores de riñones o viajeros renales, cuyas experiencias e identidades propias son socialmente contingentes dependiendo de la forma en que los tours de trasplante hayan sido arreglados, compensados y agenciados. Como dijo alguna vez Veena Das, “un riñón nunca es sólo un riñón”. En los pueblos moldavos, los vendedores de riñones hablaban de haber sido “secuestrados”, violados y asaltados por los intermediarios rusos y turcos. En Manila, donde tours organizados llevan a pacientes de trasplantes japoneses, saudíes y norteamericanos a descansar y recuperarse en bellos hospitales privados como el St. Luke, los proveedores de riñones locales toman el autobús de sus barriadas acuosas al centro, para un trabajo de una sola ocasión que heredan de padres a hijos de acuerdo con la edad. Ahí es una práctica de rutina reconocida como sacrificial y expiatoria, pero también loable. En las favelas de Recife, incrustadas entre los edificios de departamentos de la élite de Boa Viagem y el Aeropuerto Internacional de Guararapes, la venta de riñones fue un sueño hecho realidad, un jeito listo, una forma novedosa de meter las narices bajo la carpa y ver el gran circo del mundo más allá del barrio, la barriada, la favela.
Al centrarme en el lado turístico del turismo de trasplantes, corro el riesgo de inyectar humor, gracia y redención social a una práctica que todavía mutila y daña a los trabajadores renales migrantes del mundo más de lo que los rescata y redime.[4] A pesar del señuelo de una lluvia de efectivo, abundan las historias similares a la de “las habichuelas mágicas”, de vendedores de riñones que regresan a casa del extranjero con el botín recibido por su riñón (“frijoles de riñón”, comentó un vendedor burlándose de sí mismo) y éste no alcanza ni para proveer la subvención más básica. Alberty da Silva viajó de su barriada en Recife a Durban, Sudáfrica, donde perdió un riñón por seis mil dólares. Cuando regresó y pagó algunos malos préstamos, compró un automóvil usado en buen estado que perdió cuando no pudo pagar más las mensualidades y así el carro fue vendido por una carcacha; la carcacha por una bicicleta de tres velocidades y la bicicleta, finalmente, por una pequeña cantidad de dinero con la que Alberty compró un par de zapatos decentes para correr. Pero distorsionaría de la misma manera describir a los vendedores de órganos como explotados, coaccionados, lesionados y reducidos en cualquier parte por su “elección” de un trabajo migrante catastrófico.
Las vacaciones del señor Tati
Moshe Tati, un “trabajador sanitario”, barrendero de 47 años mortalmente enfermo, que vivía hacinado en un departamento de dos recámaras, en un complejo habitacional en Jerusalén con su mujer, su hija adulta, su yerno y el hijo de un año de edad de éstos, fue rechazado para un trasplante de riñón en 1997. “Moshe”, le dijo su médico, el difunto Michael Friedlaender, nefrólogo de trasplantes del Centro Médico Hadassah, “tuviste un ataque al corazón el año pasado; tu corazón está muy débil para una cirugía mayor, la llevas bastante bien con la diálisis. Confórmate con estar ‘bastante bien’.” Pero Tati se negó a abandonar su sueño de liberarse de las tres sesiones semanales de diálisis. Como israelí-iraquí, supo por su comunidad judía de Mosul y por sus compañeros en la unidad de diálisis de la posibilidad de los “tours de trasplantes” a Irak, Turquía, Estonia e incluso Estados Unidos para aquellos con recursos económicos. Todos los israelíes cuentan con un seguro médico básico, que permite utilizarlo para procedimientos médicos en el exterior si no pueden ser realizados en el país, pero la cobertura básica de Tati no era suficiente para un tour de trasplante, que entonces costaba entre 145 mil y 180 mil dólares. Para inscribirse, Tati necesitaba hacer público su caso para recaudar fondos mediante una campaña de caridad.
Tati, un hombre pequeño y callado de intensos ojos azules, no estaba predispuesto a convertirse en un caso público. Fue incitado por uno de sus amigos en el trabajo, el encargado de la tienda del sindicato de trabajadores sanitarios, quien le ofreció lanzar una campaña de recaudación de fondos. El dueño de una pequeña farmacia en un sector ordinario y venido a menos de Tel Aviv, quien había ido a Turquía para un trasplante unos años antes y que ahora ayudaba a otros a hacer lo mismo, llamó a Tati para ofrecerle sus servicios. Yeshua presentó el caso de Tati a Zaki Shapira, director de trasplantes en el Centro Médico Bellinson (hoy Rabin) en Petah-Tikva, cerca de Tel Aviv. Shapira accedió a verlo.
Sin decirle nada a Friedlaender, su médico habitual, Tati y su mujer, acompañados por un agente, visitaron la clínica de Shapira donde, después de un examen superficial, Shapira le aseguró que estaba suficientemente sano para un trasplante. Le dio a Tati la dirección de un laboratorio en el Hospital Asota en Tel Aviv, donde se le extrajo sangre para hacer pruebas de compatibilidad cruzadas con la de donantes potenciales. No se le proporcionó ningún otro detalle, ni siquiera su destino. Yeshua le explicó: “Lo que estamos haciendo no es legal ni tampoco ilegal. Es algo que se encuentra en medio y por esta razón debemos ser discretos.” Tati estuvo de acuerdo con las condiciones. Tenía cerca de 58 mil dólares disponibles de su programa de seguros, pero aun con las donaciones de sus compañeros de trabajo en el Departamento Sanitario, le hacían falta 150 mil shéquels, en ese momento alrededor de 33 mil dólares. Un préstamo bancario avalado por patrocinadores hizo la diferencia y Tati fue inscrito en el tour de trasplantes.
Los miembros de la familia Tati estaban extasiados. Eran gente trabajadora que sólo conocía las tensiones de la vida cotidiana en Jerusalén, aliviada por la ocasional salida de fin de semana a la playa y los cafés de Tel Aviv. Este viaje sería la primera experiencia de la mujer de Tati como “turista”, así que compró un juego de maletas de plástico azul cielo, toallas de playa, camisas de brillantes colores y bermudas para el viaje. El cuñado de Tati pidió prestada una cámara de video para grabar su aventura de trasplante. Tati nos mostró, a mi asistente israelí y a mí, su video casero en una pequeña televisión mientras lo comentaba.
El vuelo desde el aeropuerto internacional de Tel Aviv en un pequeño avión chárter, fue breve; justo el tiempo para una comida y una ronda de bebidas. Tati estaba sonriente pero poco animado, se le ve saludar débilmente a la cámara. Otros cuatro pacientes de trasplante, cada uno acompañado por miembros de su familia, también viajaban a bordo del avión fletado y estaban tan entusiasmados y nerviosos como el grupo de Tati. Sólo después de haber aterrizado en un pequeño aeropuerto y de ser metidos con prisa en las camionetas que aguardaban, supieron que estaban en Turquía, en camino a la ciudad portuaria de Adana, donde fueron alojados en habitaciones del Hilton. Esa noche, el grupo de Tati festejó en sus habitaciones adyacentes. Se filmaron rebotando en las suaves camas del hotel, entrando y saliendo de la ducha en las batas de baño del hotel, jugueteando con las radios y la televisión a color, bailando la “exótica” música turca de las estaciones locales y atracándose con los productos del mini-bar del hotel, creyendo que estaban incluidos en el precio de la habitación. Realmente parecían estar gozando el momento de sus vidas.
Cada noche, dos de los pacientes israelíes eran seleccionados para cirugía. A Tati le tocó en segundo lugar y fue contrabandeado al hospital por una oscura entrada del sótano, sintiéndose, dijo, como un ladrón en la noche. En un pasillo del hospital le presentaron rápidamente a su vendedor, un soldado iraquí desertor del ejército de Saddam, quien se introdujo a Turquía cruzando ilegalmente la frontera. Shapira tranquilizó a Tati, diciéndole que era muy afortunado, que había encontrado un donador que era “perfectamente compatible, como si fuera su hermano”. Pero cuando Tati salió de la anestesia al día siguiente, lo sorprendió un intenso dolor que le hizo perder la conciencia de nuevo. Había sufrido un ataque coronario masivo, seguido por una crisis de rechazo del riñón. “Ese riñón no servía”, explica Tati. “Era un riñón envenenado que casi me mata.”
Las vacaciones de Tati terminaron abruptamente. El video casero capturó su frenética partida del aeropuerto turco cuando su cuerpo inerte en un camilla, con el rostro cubierto por una máscara de oxígeno, fue llevado de emergencia por vía aérea de vuelta al Hospital Hadassah. Al llegar a Tel Aviv, un ansioso agente que lleva una kipa, intentaba bloquear la cámara de su cara mientras dirigía el traslado del cuerpo de Tati del avión a la ambulancia que lo esperaba. Un muy molesto Dr. Friedlandaer se enfrentó, según dijo más tarde, con un transplante “chapucero” y con Tati como un caso perdido.
Tras varios meses saliendo y entrando de una condición crítica, Tati sobrevivió y accedió, tras cierta insistencia de mi parte, a contar su historia a Mike Finkel, en ese momento un joven reportero estrella en ascenso de la New York Times Sunday Magazine, con quien hice mi siguiente viaje al Medio Oriente. Tati era un personaje tan atractivo que la revista del Times decidió utilizar su retrato para el reportaje de portada de Finkel sobre el turismo de transplantes, This little kidney went to market (“Este riñoncito fue al mercado”), publicado el 27 de mayo de 2001. Así, a pesar del casi desastroso resultado para Tati. el reportaje en la revista del Times lo convirtió en el “emblema” del turismo de transplantes. Durante los siguientes años, el reportaje de portada fue descargado, fotocopiado y circuló entre pacientes, médicos, agentes viajeros, agentes de órganos y vendedores, como un “acordeón” de cómo hacer, o no hacer, un tour de trasplantes.
El nuevo triángulo comercial Atlántico
Poco después de que la historia de Moshe Tati impactó los puestos de periódicos y tras la muerte de un académico de la Universidad Hebrea, quien realizó un tour de trasplante a la India donde contrajo una infección fatal, los agentes israelíes de órganos estaban desesperados por encontrar una solución nueva y más segura. Para entonces, ya existían varias agencias fuera de Israel que ofrecían tours de trasplantes a los pacientes renales israelíes, así como a los judíos de la diáspora en todas partes del mundo. A medida que el negocio se expandía, era necesario localizar nuevos sitios para el comercio ilícito. Algunos agentes se desligaron de los cirujanos israelíes y ofrecieron tarifas competitivas mucho más baratas que los habituales 120 mil dólares por el paquete del tour de trasplante. En 2003, una agente de poca monta de Tel Aviv, afiliada con Ilan Perry, que hacía sus negocios subsidiarios desde su sala de estar con sólo un teléfono y una máquina de fax, no pudo resistir contarme que ella y sus asociados habían encontrado “una nueva conexión” en Recife, en el noreste brasileño.
“No es posible”, le dije, pensando en los rumores de robos de órganos que causaron el pánico entre las comunidades pobres allí mismo apenas unos años antes. “Oh, es posible y ¡fácil!”, Shelley se jactó. “La gente en Recife se muere por vender. Se pelean entre ellos para ser los primeros seleccionados… [ríe]. Deberían organizar una lotería, una lotería de órganos para sortearlos y lo mejor de todo”, me dijo, “es que el nuevo plan es tremendamente barato”. “Soy una operadora de bajo presupuesto”, agregó, “tomo a bordo los pacientes que no pueden permitirse los servicios de una gran compañía.” Los tours de trasplantes que organizaba eran “sencillos”: ni tarifas de primera clase en el vuelo, ni cirujanos israelíes, ni más de un pariente por viaje. Los hoteles eran de tres estrellas y los pacientes tenían que moverse en buena medida por sus propios medios. ¿Y el destino? Sudáfrica: Durban, Johannesburgo y Ciudad del Cabo.[5]
Shelley me dio los nombres de varios israelíes que habían viajado a Durban por trasplantes de riñón provistos por brasileños traficados. Milech, una agradable mujer israelí en sus treinta, quien accedió a contarme su experiencia como paciente de trasplante en el Hospital St. Augustine en mayo de 2003, hoy está de vuelta en casa portando el saludable riñón de un brasileño pobre al que identifica sólo como “Claudio”. Cuando le pregunté por qué prefirió viajar a Sudáfrica para un trasplante ilegal antes que pedirle a un miembro de su familia una posible donación, me respondió:
“Pedírselo a alguien dentro de tu propia familia es demasiado difícil. Es como si quedaras en deuda con esa persona de por vida, así que siempre es un gran problema, siempre como un gran peso en ti. Si tuviera que ver a mi donador todos los días, tendría que agradecerle todo el tiempo y eso sería espantoso. No quise ver el rostro del vendedor del riñón para no tener que volver a pensar en él nunca más. Pagué por él. Él aceptó. Está hecho, finiquitado. Su riñón dentro de mí me pertenece ahora, como si fuera el de un cadáver.”
Milech estaba impresionada por la calidad de los cirujanos sudafricanos: “Son los mejores del mundo”, y por lo barata que era la vida en Durban. La presencia de una gran comunidad judía en Sudáfrica la hizo sentir en casa. Y sí, desde luego, hizo algo de turismo mientras estuvo allí. “Es un bello país”, exclamó. “Cuando hayan resuelto los problemas de pobreza, Sudáfrica será una gran nación.”
Quien tenga riñón viajará: el safari africano de João
Recife, Pernambuco, septiembre de 2003
Rogério Bezerra de Silva, un mecánico automotriz de 31 años de edad, vivía con su mujer y dos hijos en un jacal de dos habitaciones detrás de la casucha un poco más amplia de sus padres, en el barrio proletario y pegajosamente caluroso de Jardim São Paulo, metido entre el Aeroporto Internacional dos Guararapes y una oficina central del tren suburbano, justo detrás de la elegante playa de Boa Viagem en Recife. Jardim São Paulo fue llamado así por los harapientos migrantes de este rincón del noreste brasileño que tarde o temprano harán el largo recorrido, no en avión o en tren a pesar de su proximidad, sino en autobús, combi o camión, al sur de Brasil en busca de trabajo. Pocos habrán de retornar algo más ricos que cuando partieron y muchos tendrán que recibir un pasaje de regreso en autobús pagado por algún pariente o un hermano mayor que se apiade de ellos, pasando frío, hambrientos y desempleados, funcionalmente iletrados y apenas a una generación de distancia del trabajo en los cañaverales, en una ciudad que estos “chicos” locales habrán de sentir como extranjera.
Rogério y sus amigos, vestidos sólo con shorts, desempleados y siempre cortos de dinero en efectivo, pasaban horas jugando dominó y apostando en las mesas al aire libre de un bar local: “El Egipcio”. Entre botellas de cerveza Antarctica y el trago ocasional de cachaça (un fuerte brandy de caña de azúcar), los meninos de Jardim São Paulo ideaban planes que los llevarían a una gran ciudad en algún lugar del mundo —no a São Paulo, a cualquier lugar, menos a São Paulo— donde podrían hacer mucho dinero. Cada cinco minutos más o menos, un pesado jet despegaba del aeropuerto internacional casi trasquilando los techos de sus pequeñas casas de tabiques de cemento, como burlándose de su inmovilidad, de su parálisis económica y social. “Este lugar es una porra [una mierda]”, decía alguno, mientras otro agitaba el puño hacia el ofensivo avión resonando sobre sus cabezas, interrumpiendo su conversación y sacándolos de sus ensoñaciones.
Los “chicos” de Jardim —los meninos, como los llamaban los principales agentes de trasplantes, Gaddy Tauber y el Capitán Iván, ambos militares retirados, Gaddy del ejército israelí e Iván de la policía militar, eran presa fácil. Lo único que los traficantes necesitaban era alguna carnada y ésa era fácil de conseguir. La red internacional de trasplantes era ahora una operación afinada y bien organizada. En los primeros años, a fines de los noventa, cuando funcionaba en Turquía y Europa del Este, los reclutas de riñones tenían que ser engañados, manipulados para hacer el viaje y forzados a vender su riñón por matones y golpeadores locales en cuanto llegaban. Era una estrategia peligrosa que con frecuencia terminaba mal para todos.
Ahora, en cambio, el plan funcionaba con tersura, como pirámide jerárquica: los “coordinadores” internacionales en la punta del plan obtenían millones de dólares, escondidos en cuentas bancarias en Chipre e Italia, así como en Israel, donde el plan se originó; aquellos en el medio, los coordinadores nacionales, como Gaddy y el Capitán Iván en Brasil, y Rod Kimberly y Sushan Meir en Sudáfrica, hacían decenas de miles de dólares; sus cazadores de riñones, recorriendo los barrios pobres en busca de vendedores, granaban miles de dólares, y los pequeños peces en el fondo de la cadena alimenticia eran los vendedores, a quienes se les pagaba si acaso tres mil dólares. Los primeros vendedores reclutados: Gerson, João y Mercondes, fueron bien tratados en Sudáfrica, “como reyes” según me dijeron, hospedados en hoteles turísticos y en elegantes residencias privadas, y no en casas de seguridad lúgubres y cerradas, que muy pronto surgieron para el siguiente grupo de vendedores. A los primeros vendedores de riñones de Recife se les pagó “extravagantemente” bien por sus riñones: diez mil dólares.
En Durban, los primeros vendedores fueron llevados en tours vacacionales, no tan elegantes quizá, como el entretenimiento previsto para los pacientes de trasplante extranjeros y sus familias, pero aun así algo de lo cual hablar a su regreso. Habría fotos de bailarinas Zulu, jirafas, animales salvajes y avestruces en una pequeña granja salvaje de juego privada, no lejos de Durban.
En cuanto los primeros tres vendedores de riñón, João, Gerson y Mercondes regresaron a Recife de Sudáfrica, fueron reclutados dentro del plan como cazadores de recompensas trabajando por pequeñas comisiones de intermediarios, por así decirlo. Se les pidió que buscaran entre sus amistades a quienes estuvieran dispuestos a viajar y cobrar en el “expreso del riñón”. De traficados a traficantes en menos de un mes. Y en cuanto los vendedores convertidos en cazadores de riñones comenzaron a mostrar fajos de billetes de cien dólares, más dinero del que esta gente hubiera podido ver en toda su vida, el rumor corrió y lo único que tuvieron que hacer los agentes fue anotar los nombres y contactar a los vendedores dispuestos: más de cien pidieron ser inscritos. Los meninos de Jardim deseaban viajar, ver mundo y regresar con los bolsillos rebosantes para poder llevar a sus familias de compras a la famosa galleria (centro comercial) en Recife, a la que podían casi llegar a pie desde sus hogares.
Los agentes locales en Recife no podían permitirse ser selectivos y eligieron la misma forma que siempre han elegido los brasileños pobres, reclutando y seleccionando primero a los propios miembros de su familia, a sus parientes políticos, amigos cercanos y vecinos, y eliminando a los que no conocían personalmente y que, por lo tanto, “no son de fiar”. Era un mercado de compradores y el precio por un riñón “fresco” cayó casi inmediatamente a seis mil dólares y después, justo cuando la policía brasileña comenzaba a cercarlos, a tres mil. Aun así, no decayó el entusiasmo entre los chicos de Jardim, quienes comenzaban a imaginar que su barco al fin había arribado.
A lo largo de los 18 meses, el expreso de riñones entre Brasil y Sudáfrica (o Recife-Durban) funcionó a todo vapor. Carpinteros, albañiles, vigilantes nocturnos, vendedores callejeros, marchantes, mensajeros, cargadores de agua, pescadores y mecánicos automotrices que laboraban en las aceras, se encontraron con sus amigos en los bares locales, en pequeñas plazas y en talleres de reparación automotriz o en carpinterías al aire libre para escuchar las experiencias de quienes fueron primero y pasarse las fotos de los “tours de trasplantes”: Pedro en el avión a Durban, Gervasio en su bien puesta habitación en el Hospital St. Augustine; Alberty en sus sueltas ropas de hospital abrazando a su enfermera zulú favorita, y, lo mejor de todo, João Cavalcanti de safari.“¡Sa-fa-ri! ¡Imagínese!”, entre las jirafas y cebras de Sudáfrica.
Aquellos en la “lista de espera” como vendedores de riñones en el expreso de Durban intentaron empujar su propio caso más adelante, saltar en la lista, para poder ser los próximos en la fila. Algunos intentaron sobornar a los nuevos intermediarios y cazadores de riñones metiendo uno cuantos cientos de reis duramente ganados en el bolsillo de un agente. “No me olvides”, dijo Rogério, mientras deslizaba varios billetes arrugados en el bolsillo de la camisa de João. Paulo, vecino de Rogério, les pasó el dato a Rogério y a su hermano Ricardo, sobre los acuerdos de venta de riñones. Paulo, un ferrocarrilero desempleado, fue reclutado por João Cavalcanti, y Paulo reclutó a su vez a Rogério y Ricardo. El reclutamiento de riñones en Jardim se lee como una página de “engendramientos” bíblicos: tienes que estar dentro de la red o relacionado de alguna manera con alguno de los agentes o vendedores para poder traspasar la puerta.
Finalmente, Rogério pasó el último corte, junto con su hermano Ricardo. Se les extrajo sangre para examinarla en un laboratorio local de Recife y aparecieron “limpios”, sin rastros de drogas o de alguna enfermedad contagiosa. Y lo mejor de todo: ambos resultaron ser de sangre tipo O, muy usual entre los nordestinhos, convirtiéndolos en donadores universales de sangre y de riñones. Los exámenes de compatibilidad de tejidos fueron dejados a discreción del equipo de transplantes sudafricano. Rogério les dijo a su mujer e hijos que había encontrado trabajo en Sudáfrica, que iría a pintar un anuncio gigantesco de una autopista que le llevaría unas semanas, pero que regresaría a tiempo para ir todos juntos a una gran salida de compras antes de Navidad. Sería la primera celebración de “real Natal” que tendrían en su vida.
Rogério había sido débilmente advertido por el capitán Iván, quien trataba a los meninos de Jardim como un padre amable pero severo. “Ten cuidado con tu dinero. Seis mil dólares pueden parecer una fortuna, pero pueden desaparecer si los desperdicias en sacanagem… en alcohol, drogas y mujeres fáciles.” Asustaba a los muchachos con historias de una epidemia de sida no registrada en Sudáfrica. “Nada de estar cogiendo por allí”, les repetía, con poco éxito como se vio después. La segunda advertencia del capitán era “no hay marcha atrás en la decisión” de vender, una vez comprado el boleto aéreo internacional. “Nadie me engaña”, les advirtió el Capitán Iván. “A nadie se le obliga a ir, pero una vez que las ruedas comienzan a girar, no hay marcha atrás. ¿Entendido?”
Hospital St. Augustine, noviembre de 2003
Antes de darse cuenta, Rogério despertó en el hospital St. Augustine con una dolorosa herida que comenzaba en su última costilla y se extendía 40 centímetros por su costado. Dolía de los mil demonios, dijo, pero las enfermeras africanas eran muy amables, a diferencia de cualquier enfermera que hubiera conocido en Brasil. Cuando Rogério gritaba la única palabra en inglés que aprendió en la angloparlante Durban —“Pain!” [dolor]—, las enfermeras en limpios uniformes blancos acudían y le aplicaban otra inyección. En cuanto pudo salir de la cama, quiso ver al paciente que recibió su riñón, un israelí de mediana edad, padre de una familia numerosa, llamado Agiana Robel. Rogério sintió mucha compasión por él cuando lo conoció justo antes de ser llevados a sus respectivos quirófanos. Agiana se encontraba tan débil, su piel tan pálida. casi translúcida, que apenas pudo esbozar una sonrisa hacia Rogério, pero la mujer de Agiana lloró al conocer al extraño de Brasil que estaba dispuesto a rescatar a su marido, padre de sus cuatro hijos.
El pobre hombre había sufrido tanto para llegar hasta allí. Su primer donador pagado, Shlomo Zohar, un joven israelí en serios problemas financieros quien, según supo Rogério más tarde, recibió veinte mil dólares por su valioso riñón, tuvo un cambio de parecer cuando lo preparaban para la cirugía y escapó por una escalera trasera huyendo de Durban hacia el aeropuerto internacional de Johannesburgo, hasta donde él y su joven esposa fueron seguidos por un furioso agente local con nexos en Israel, Sushan Meir, quien llamó a la policía aeroportuaria gritando que un ladrón estaba a punto de despegar rumbo a Israel con miles de dólares que no le pertenecían. Algo extraño se dijo además respecto a un riñón.
Con Agiana Robel listo para su trasplante, los organizadores locales tomaron un sustituto: Rogério Bezzeira, quien estaba listo y esperando en una “casa de seguridad” en Durban, un apartamento lúgubre de dos recámaras sin vista al mar, que tanto desilusionó a la última cosecha de turistas de trasplante vendedores de riñones. “Esperábamos quedarnos en el Holiday Inn”, dijo Rogério más tarde. Se encontraba allí con su hermano y con Wesley da Silva, quien dijo que esperaba usar el dinero de su riñón para abrir un negocio de reparación de llantas en su pueblo natal de São Lourenço da Mata, Pernambuco. Rogério recordaba divertido la comida que organizó en su casa Dalila, la intérprete e intermediaria portuguesa dentro del plan en Durban, quien afligida por la culpa y nuevas dudas, llevó a cada uno de los tres muchachos aparte para preguntarles si querían abandonar el plan. Si así era, ella les prometía hacer los arreglos. Esta hermosa dama “rica”, habitante de una residencia suburbana que parecía una escenografía de Hollywood, obviamente no podía imaginar lo que el negocio del riñón significaba para los brasileños. Para ellos no representaba una carga, sino la oportunidad de la vida. De ninguna manera cambiarían de parecer.
Mientras Rogério reflexionaba sobre estas cosas, Dalila se presentó de pronto en su habitación del hospital, su bello rostro marcado por la ansiedad. “¡Levántate! Tienes que salir de aquí tan pronto como puedas”, le dijo. “¡La policía viene por nosotros!” ¿Policías? Rogério a duras penas podía moverse de tanto dolor que sentía. ¿Cómo levantarse? Una de las enfermeras apareció, le dio una nueva inyección y le untó algo de ungüento bajo el vendaje. Lograron alzarlo y que utilizara el baño. Mientras aún se encontraba en el baño, intentando adaptarse a las noticias, Dalila entró y comenzó a llenarle las manos de billetes de dólar de alta denominación. “Toma esto y ocúltalo”, le dijo. “¿Dónde?”, pregunto Rogério, aún atontado por la última inyección. “Bajo tus vendas”, le sugirió la bella agente, y así lo hizo Rogério, aunque los billetes nuevos le lastimaran terriblemente. “¡Ay, ay, ay!”, se quejó.
A la policía de Durban no le tomó mucho tiempo localizar a Rogério y a sus compañeros escondidos en la casa de seguridad, para arrestarlos y confiscarles el dinero de los riñones. El frustrado escape de Shlomo Zohar era exactamente lo que el detective privado Johan Wesesels y el capitán de la policía sudafricana Louis Helberg, de la sección de crímenes comerciales, habían estado esperando.
En marzo de 2003 recibieron informes sobre el plan trasatlántico de tráfico, así que mantenían el Hospital St. Augustine bien vigilado: intervinieron los teléfonos y observaban todas las idas y venidas en la unidad privada de transplantes Netcare. El 3 de diciembre de 2003, once personas fueron arrestadas en Durban y en una acción policíaca simultánea en Recife (Operación Escalpelo) otros nueve miembros de la red fueron arrestados. Las fotografías de Rogério y su hermano, ocultando sus rostros con las manos, aparecieron en la primera plana del New York Times.
La burbuja de los riñones había estallado y Rogério cayó de nuevo en tierra. Difícilmente sabía qué se sentía peor: si su adolorido costado o el fin de sus sueños. No sólo regresaría a casa a enfrentarse a un furioso Capitán Iván, sino también con las manos vacías e incapaz de interpretar a Santa Clos para su ilusionada mujer e hijos. Tendría que despedirse de su sueño de tener su propio taller de reparación de automóviles en Jardim São Paulo, donde recibiría a sus clientes en un overol nuevo con su nombre y el de su hermano adornando su espalda. Tendría que regresar a trabajar como un humilde mecánico en la acera y para mayor crueldad, no podría ir al safari africano que había planeado, con la ayuda de Rod Kimberly, y regresar a casa con las fotos de los animales salvajes que les había prometido a sus hijos. Sería muy afortunado si la policía le permitía tomar algunas postales de elefantes y jirafas en el aeropuerto de Durban cuando fuera deportado: adolorido, humillado y con las manos vacías.
De vuelta en Recife, Rogério se encontró con João, Gerson, Mercondes, Geremias, Alberty y otros que habían participado antes que él en los tours de trasplantes, cuando la delegada Karla Gomes y la jueza Amanda y, más tarde, el senador Pimentel, en una investigación del Congreso brasileño, tomaron sus declaraciones. Allí, vio la otra cara del Capitán Iván, reducido por un jefe de policía zalamero y autoritario, a una masa temblorosa de recriminaciones, lágrimas y acusaciones. Sólo el capitán israelí Gaddy Tauber, el hombre del dinero de la quadrilla (la red, la banda) permaneció sereno y se negó a ser separado de los meninos de Jardim, insistiendo en una celda común, en solidaridad con ellos, aunque como militar de alto rango tenía derecho a mejores condiciones carcelarias.
Los hombres de Jardim se defendieron lo mejor que pudieron ante la jueza Amanda. En su declaración, Geremias, quien fue mi asistente de campo para este estudio, dijo: “¿Qué padre que viera una bala dirigida a las cabezas de sus hijos no arrojaría su propio cuerpo frente a la pistola para defenderlos?” Cuando la jueza le rebatió que los hijos de Geremias no estaban enfrentando una amenaza de muerte, Gere respondió: “No, estaban enfrentando algo aún peor: una amenaza de vida. [Gere perdió su trabajo y junto con su mujer, Vera, y sus tres hijos, vivían en la calle.] Y para salvar a mi familia, su señoría, hubiera vendido no sólo un riñón, sino un ojo, el hígado o incluso mi corazón, y hubiera muerto feliz viendo a mi familia en un hogar seguro.” Geremias incluso defendió a Gaddy Tauber, el jefe israelí de la red de tráfico de órganos en Recife, al decir que él había sido la única persona en ayudarlo mientras que todos los funcionarios brasileños de cada uno de los organismos sociales en Recife lo habían rechazado cuando estaba más necesitado. Le dijo a la jueza: “Gaddy puede haber sido un sinvergüenza que se aprovechaba de la desesperación de los pobres, pero aun así todos ganamos algo de ello.”
En retrospectiva, la cohorte de Jardim no se arrepentía de su aventura a pesar de todo el alboroto y de cómo terminó al final. Por un rato fueron “reyes por un día”. Se siguen reuniendo en la carpintería al aire libre de João, ahora a rememorar sus vacaciones de trasplante hasta que se descarrilaron. “Sólo me arrepiento”, dice Alberty da Silva, “de no haber pedido quedarme unos pocos días más en aquel lujoso hospital. Habitación privada, sábanas limpias, mi propia televisión a color, toda la comida que deseaba: aquello valía la pena.”
Incluso Rogério habla de Durban como un ciudad soñada, una ciudad moderna y brillante de gente blanca en África, “¡imagínense!”, y donde se sintió como el único animal salvaje, una bestia atrapada en la mata, la selva de Recife. En Durban, les cuenta a sus hijos, toda la gente es hermosa, las enfermeras amables, las calles limpias, las playas delineadas con malecones y parques de diversiones, y los centros comerciales están llenos de objetos asombrosos, cosas nunca vistas en ningún sitio de Brasil. El café era algo admirable, como ambrosía —y las palabras se deslizan de la lengua de Alberty—, “¡capuccino!”. Alberty probó su primer capuccino en un café del magnífico vestíbulo del Hospital St. Augustine, sintiéndose, dijo para todos, como un rico turista en vacaciones…
Finalmente llegué al distante suburbio rural de Janga en julio de 2006 para conocer la nueva casa de Geremias y a su familia, y aunque no era ni remotamente tan bella como la mini-mansión imaginada con los compañeros que dejó atrás en Jardim, sino sólo un bloque de concreto con tres cuartos grandes y vacíos parecidos a graneros, con pisos inacabados y un patio lodoso, Geremias sonreía de oreja a oreja mientras me hacía pasar la reja y silenciaba al flaco cachorro que ladraba en mis talones. Geremias se alzó en su metro 62 centímetros y sonrió con orgullo señalándome que me sentara en una silla de cocina de respaldo duro: “Bem-vinda!”, dijo. “Bienvenida a mi riñón.”
La economía moral del tráfico de riñones
¿Qué es lo que motiva a una persona inteligente o de elevada posición profesional a ingresar a una red ilícita de tráfico de personas que enfrenta a pacientes de riñón varados en un país con la atroz “bio-disponibilidad” de campesinos desesperados, de arrasados pueblos agrícolas en Moldavia, de estibadores desplazados de las acuosas barriadas de Manila y de hombres hambrientos de las decadentes favelas de un puerto brasileño?
¿Qué clase de mundos morales habitan los cazadores de riñones y los traficantes de órganos y sus clientes? ¿Cómo justifican sus acciones? Estos intercambios íntimos de partes corporales dadoras de vida implican más que una necesidad médica y la salvación de una vida individual. En este caso particular, suponen complicadas historias de cautiverio y servidumbre por un lado, y de genocidio, odio racial y muertes masivas por el otro. En el caso de un conocido traficante de transplantes, Gaddy Tauber, el hombre del dinero, el hombre de la bolsa, el agente de un extenso plan de tráfico de órganos originado en Israel con sede en Brasil, que enviaba campesinos moldavos o habitantes de las favelas brasileñas a unidades de transplante en Sudáfrica para proveer a los turistas internacionales de trasplante, había mucho más en juego al concertar estas operaciones complicadas e ilícitas, que sólo grandes sumas de dinero. La codicia, sí, pero también la venganza, la indemnización e incluso la reparación por el Holocausto jugaron un papel en estos procedimientos de transplantes trasnacionales poco convencionales. Redención, resurrección y reparaciones por un lado, robo de órganos, libelos de sangre y un furioso resentimiento, por el otro, hacen del tráfico ilegal de órganos humanos una propuesta única, inestable y particularmente peligrosa, una tragedia política en proceso de dimensiones realmente épicas y shakesperianas.
¿Y qué hay de los vendedores? ¿Cómo ven su papel en estas transacciones ilícitas de transplantes? ¿Como víctimas? ¿Como sobrevivientes? ¿Como héroes? ¿Como trabajadores migrantes? ¿Como turistas médicos? Hemos encontrado, al trabajar estrechamente con comunidades vendedoras de riñones: pueblos, barriadas, ciudades perdidas, que el significado de comprar y vender un riñón varía, como varían sus consecuencias sociales y psicológicas. “Un riñón”, como alguna vez dijo Veena Das, “nunca es sólo un riñón”. La gran cicatriz en forma de sable que desfigura a su portador, significa diferentes cosas en las distintas comunidades. Puede ser un signo de debilidad o de fortaleza, de holgazanería o de generosidad hacia los miembros de la familia y la comunidad. Puede significar un hijo pródigo o un buen hijo, una mujer descarriada o una buena madre y una diligente esposa. Los vendedores de riñones pueden ser vistos como insensatos, tontos, explotados, perdidos, despreciables, débiles, impotentes, feos o como “buenos hijos e hijas” que ayudan a sus familias a sobrevivir.
Entonces, ¿por qué la gente vende un riñón?:
– Por deudas: una nueva clase de peones endeudados;
– por vivienda: para escapar de las barriadas, las favelas, las ciudades perdidas;
– por tratamientos médicos propios o para los miembros de la familia:
– por una boda o una dote;
– por bienes de consumo: especialmente en las barriadas de Manila, un riñón por un karaoke;
– por viajar y ver mundo.
Quizá los únicos “turistas de transplante” verdaderos hayan sido los jóvenes reclutados por Gaddy Tauber y su compinche, el capitán Iván Bonefacio, en las favelas de Recife cerca de su aeropuerto internacional. “Nunca tuve oportunidad de viajar en avión”, dijo João, “hasta que el Capitán Iván me apuntó para un viaje gratis a Sudáfrica, donde podría ganar un buen dinero y ¡hasta ir de safari! Oh, che! ¡Anótame!” Y respecto a si había sido engañado y traficado, João se defendió frente a la comisión del Congreso brasileño que investigó la red:
“No importa lo que ella —Nancy— diga, yo, João Cavalcanti Paulo da Silva, ¡yo me trafiqué a mí mismo! Sí, se aprovecharon de mí, y desde luego me enojé mucho cuando supe en mi motel que los vendedores israelíes recibían veinte mil dólares y a los brasileños sólo nos pagaban seis mil. ¿No era mi riñón tan bueno como un riñón israelí?”
Invité a João a unirse a una docena de otros vendedores de riñón que había sido atrapados en la misma red trasatlántica de tráfico de personas y que ahora intentaban organizar una Associação de Doadores Desiludidos (o Desencantados). El nombre seguía en discusión. En su primera reunión, los vendedores desencantados manifestaron muchas quejas: pérdida de empleo, pérdida de ingresos, de fortaleza física y de posición social. Denunciaron dolores crónicos, debilidad, ansiedad, depresión, conflictos familiares y rechazos personales, así como problemas médicos, todos atribuidos por ellos mismos, a la extracción de sus riñones. Les pregunté: “Sabiendo lo que saben ahora, ¿volverían a hacerlo?”
“A ninguno de nosotros se nos dijo lo difícil que sería”, dijo Cicero, “mi agente me dijo que estaría más sano con un solo riñón.” Paulo coincidió: “El dolor fue tan intenso por tres días en el hospital, que yo rezaba por ser el siguiente en morir.” Geremias intervino: “Me trataron bien hasta que obtuvieron lo que querían. Entonces me trataron como lixo [basura]. Me subieron de nuevo al avión y Roddy [el agente en Durban] me advirtió que no me que quejara o mostrara que estaba adolorido porque la gente de las aduanas o de inmigración me detendría.”
Dudo que estas escenas tomadas del mundo cotidiano del tráfico de riñones convenzan a Janet Radcliffe-Richards o a Benjamin Hippen de repensar sus premisas neoliberales y sus “imperativos morales” en favor del mercado libre de riñones humanos. Los bio-eticistas pueden, después de todo, ignorar el mundo real y sus turbias realidades sociales, económicas, culturales y psicológicas. Sólo requieren un mundo hipotético en el que las condiciones puedan ser controladas o manipuladas para favorecer la lógica del enfoque de mercado a fin de incrementar la “oferta” de órganos humanos para trasplantes. Guiados por la teoría de la elección racional, los argumentos esgrimidos son difíciles de derrotar: las personas venden sus cuerpos por trabajo y por sexo. Venden cabello, dientes, óvulos, sangre y semen. Ponen sus cuerpos en riesgo en profesiones peligrosas: militares, policías y mineros, así que, ¿por qué no permitir a la gente la libertad de trabajar en el extranjero como vendedores de riñones? ¿Por qué prohibir a los más pobres del mundo, la que podría ser su mejor opción? Si permitimos a las mujeres abortar un feto no deseado, ¿por qué no se permite a hombres (o mujeres) “abortar” un riñón “redundante”?
Si la “elección” y la “autonomía” fueran lo único que importara, entonces la evidencia muestra que no hay una escasez de individuos dispuestos, incluso ávidos de vender sus órganos. Los trasplantes basados en el altruismo, la reciprocidad, la solidaridad, la dignidad humana y la integridad corporal parecerían pintorescos residuos de arcaicos valores cristianos y de la Ilustración del siglo xviii. Kant trató al cuerpo y sus partes, como necesariamente exentos de los valores del mercado. Era sólo mediante el cuerpo que uno podía decir que tenía existencia humana. El cuerpo y sus órganos constituían los fundamentos mismos de la existencia humana: encarno, luego existo. Los antiguos campesinos y trabajadores urbanos de Recife, Brasil, lo expresan de manera más sencilla cuando dicen: “Eu sou meu corpo!”. Yo soy mi cuerpo. Paulo, un desilusionado vendedor de riñón, dice haberse reprendido por el hecho de vender su riñón porque no sabía cuán apegado estaba a esa “coisinha” (cosita) hasta que no la tuvo más y comenzó a anunciar su ausencia como un constante escozor en el lugar de la herida, incluso dos años más tarde. “Aprendí una cosa”, me dijo: “Aunque tengo dos, jamás venderé una de mis manos.”
¿Y a dónde nos lleva esto?
El turismo de trasplantes ilumina el oscuro punto débil de la globalización neoliberal: las demandas rapaces que crea y las predadoras exigencias de los cuerpos de los “bio-desechables”,[6] pero también los sueños que engendra de una vida mejor y una existencia móvil, siendo la movilidad, según propongo, la metáfora-raíz de la venta organizada de riñones mediante el turismo de trasplantes. Para los pacientes significa una liberación de la sepultura corporal que significan las máquinas de diálisis. Para los vendedores de riñones significa una liberación de los globos rojos[7] de la barriada, la favela o la ciudad perdida y una oportunidad de ver mundo o, por lo menos, de visitar el centro comercial con un fajo de billetes en el bolsillo.
Para muchas personas, tanto dentro como fuera del comercio de trasplantes, el tráfico de órganos no es como el tráfico de armas, drogas y sexo “ilícito”, un “comercio podrido” o un comercio de “males”. La venta de riñones en cambio, es vista como un comercio “agradable”, un comercio de “bienes” que prometen esperanza y liberación. Y eso amigos míos, es el dilema supremo. A lo largo de la última década, la venta de riñones y el tráfico de personas por sus órganos ha perdido la capacidad de indignar. Aunque en un principio hubo cierta oposición gracias a que circularon leyendas urbanas sobre secuestros y robo de cuerpos, el tráfico de órganos pronto se convirtió en un jeito aceptable, pero lamentable, un arreglo rápido para los problemas crónicos de la vida. Hoy, la venta de órganos es un “impuesto corporal” rutinario y esperado en el mundo de los pobres, quienes siempre han sido tratados como supernumerarios y desechables. Hoy día, los gobiernos de Irán, Israel, Arabia Saudita, Singapur, Filipinas y Estados Unidos o bien han instituido o están intentando instituir sistemas regulados que permitirán reembolsos en efectivo a donadores de riñón anónimos o, como alternativa, subsidios o derechos especiales, incluyendo seguro médico, documentos de inmigración, permisos de trabajo o, lo mejor de todo, la ciudadanía y un pasaporte. Sí, en este sentido, la película Dirty Pretty Things [“Negocios entrañables”] estaba en lo correcto.
El tráfico de transplantes proporciona una perspectiva única de quiénes somos en este momento, de cómo nos imaginamos y cómo imaginamos nuestros cuerpos, o nuestras nociones de lo humano, de vulnerabilidad y resistencia, nuestras relaciones con otros, propios o extraños, de cómo vivimos y bajo qué condiciones estamos dispuestos a acceder a la inevitabilidad de la muerte. Los persistentes dilemas bio-éticos de la medicina de trasplantes no han variado mucho desde los orígenes de este campo y pueden dividirse en lo que llamo las cuatro c:
1. Consumo: las condiciones bajo las cuales es éticamente permisible consumir las partes corporales de otro, vivo o muerto, y lo que este canibalismo mágico o compasivo acarrea;
2. Consentimiento: en especial en lo que se refiere al reclutamiento de poblaciones relativamente indefensas, mal informadas y vulnerables: los desahuciados, los confinados, los socialmente desgraciados y los enemigos, como fuentes convenientes y casi invisibles de órganos trasplantables;
3. Coacción: la exigencia con frecuencia enmascarada de violencia invisible y sacrificial hacia los donadores vivos para satisfacer necesidades altruistas, basadas en el parentesco o la supervivencia económica y por último,
4. “Commodification” (Mercantilización): la fragmentación del cuerpo y de sus partes para su venta.
Estos dilemas éticos son tan antiguos como el campo mismo de la medicina de trasplantes.
La trama, desde luego, se engrosó con la aparición de redes criminales bien organizadas y extensas de agentes y traficante de personas operando tours de trasplantes que relacionan: pacientes desesperadamente enfermos y asegurados con vendedores de riñones y mitades de hígados desesperadamente pobres y carentes de seguro médico, con cirujanos emprendedores; todos dispuestos a viajar grandes distancias a lugares desconocidos en busca de mejorar la vida propia a costa de valores desechables, posfechados y definitivamente anti-neoliberales, como la solidaridad, la justicia social y la equidad. Si los antropólogos alguna vez hicieron la notable observación de que el parentesco no era un asunto de sangre y que el matrimonio no era en realidad un asunto amoroso, entonces todavía podemos convencer al público de que la cirugía de transplantes no se trata de “regalar”, a menos de que se trate, tal vez, del regalo de viajar.
* El presente ensayo es un extracto de un capítulo de A World Cut in Two: The Global Traffic in Organs (“Un mundo partido en dos: el tráfico global de órganos”), University of California Press, en prensa.
[1] Fuente: Capitán Louis Helberg, expedientes médicos confiscados en el Hospital St. Augustine, Durban, Sudáfrica, 2003. Entrevistas en Durban y Viena, 2004 y 2008.
[2] Fuente: Igor Codreanu, líder nacional de la tts (The Transplantation Society) en Moldavia. me escribió un correo electrónico el 23 de septiembre de 2008: “Hace dos días participé en una reunión sobre transplantes en Kiev, Ucrania, donde tuve la desagradable sorpresa de encontrarme con el doctor Yusuf Sonmez, el cirujano turco involucrado en el tráfico de órganos en Turquía y en envíos de víctimas del tráfico de órganos de Moldavia (algunas víctimas me hablaron de él). Fue procesado y condenado en Turquía y se le retiró la licencia médica . Ahora opera en uno de los países de la antigua Yugoslavia, posiblemente en Kosovo (de acuerdo con mis informantes). Cuando le pregunté al Dr. Yusuf Sonmez respecto al bienestar de los donadores, incluyendo su revisión posterior, me respondió de manera muy brutal y cínica que ésa no era su responsabilidad.” El doctor Coreanu me envió copia de dos presentaciones en PowerPoint mostradas en la reunión de septiembre en Kiev en las que presenta los resultados médicos de su admitida red ilegal de transplantes.
[3] Durante mi primer estudio etnográfico sobre la locura en un pequeño pueblo de 400 personas hablantes de irlandés aferrado en el borde extremo de la costa occidental de la península de Dingle, nunca salí del pueblo ni siquiera para ir a Galway, no digamos ya a Dublín o a Belfast. Al llegar al aeropuerto de Shannon en 1974, mi familia y yo alquilamos un automóvil y manejamos hasta la punta de la larga tira de tierra que penetra en el Atlántico y allí nos quedamos por 11 meses, lejos de la corruptora influencia del exterior y nunca aventurándonos más allá de las ferias ganaderas de Tralee y las ferias ovejeras de Dingle. Lo mismo sucedía con los propios habitantes del pueblo, quienes sólo se alejaban de la costa occidental si pasaban armas al norte o si dejaban su tierra para reunirse con sus primos en Massachusetts o la ciudad de Nueva York.
[4] Mientras que los médicos de trasplantes alardean de la mayor tasa de supervivencia —la “media vida”— de los órganos de donadores vivos en comparación con los riñones de cadáveres, yo me refiero a la disminución de la viabilidad social y económica —las negativas “medias vidas”— de los vendedores de riñones: uno, cinco o diez años después de haber vendido la parte de “repuesto”.
[5] Cuando la agente me dijo que las operaciones se llevaban a cabo en Sudáfrica, “en hospitales de Ciudad del Cabo, Johannesburgo y Durban”, quedé desconcertada. Había visto extranjeros en las unidades de transplantes en Ciudad del Cabo y Johannesburgo desde fines de los años noventa, pero la mayoría eran africanos de origen europeo, varados en naciones africanas postcoloniales sin ningún tipo de servicios de transplantes. Los debates que había presenciado en Sudáfrica eran respecto a si los órganos extraídos de sudafricanos fallecidos debían tratarse como un recurso nacional y no despilfarrarse en ex colonos blancos de otros países africanos.
[6] Me preguntaba si el término “bio-desechable” sobresaldría fuera de los círculos médicos antropológicos. Una búsqueda en Google arrojó estas tres principales referencias: “forro bio-desechable tipo bolsa para orinales y similares”, “vajilla china bio-desechable” y “tazas de plástico bio-desechables”.